MIS RELATOS

Aquí iré colgando mis relatos, poco a poco…

ESOS VERANOS FELICES

¡Los mejores veranos de mi vida! Yo, que vivía en una ciudad grande como Torino, iba con mi familia a un pueblo de unos mil quinientos habitantes, cuyo nombre no citaré, para no herir susceptibilidades.

Era un cambio brutal, de veras. Pasar de vivir en un barrio residencial urbano de clase media alta, a hacerlo durante tres largos meses  ( algunos años cuatro) en un pueblo como ese. Claro que hay que decir que de eso hace ya muchos años; eran los  cincuenta y un sitio como aquel era muy distinto de la gran urbe donde nací.

Era donde vino al mundo mi padre; claro que él de chaval estudió y como era inteligente y voluntarioso, despegó y casi no volvió a su lugar de infancia. Íbamos toda la familia, pero mi progenitor se quedaba en la ciudad, trabajando; de Rodríguez, como se decía entonces. Tenía que hacer muchas horas extras para podernos mantener.   Pero me parece que eso lo utilizaba como excusa para no ir con toda la tribu.

San Gob…era un villorrio muy, digamos, natural, auténtico; por él parecía que no había pasado el tiempo. Los que si pululaban cada día eran los burros, los caballos, las ovejas y las cabras. Y algún que otro cerdo que pasaba por allí…Sin olvidar las terneras.

Animalitos; y claro, iban dejando sus recuerdos en forma de excrementos. Había toda una tipología de ellos, repartida convenientemente por todas las calles y plazas. Grandes, pequeños; a destacar los que regalaban las numerosas vacas que vivían en el lugar; popularmente conocidos como catalinas, por cierto. Vete a saber por qué; es como la mayor parte de cosas que se dicen, que nadie sabe cómo se originaron; y quedan sumidas en el terreno de la leyenda.

Claro que para un niño como yo, de cinco años, el cambio era brutal. Yo, que siempre he sido muy curioso, encontraba interesantísimo ese lugar. Y lo era, de verdad. Como estaba en mitad de un cruce de carreteras (o caminos, según se vea) en él había momentos mágicos, como los días de mercado.

Sí, en esas ocasiones la población aumentaba considerablemente, porque de todas las casas de campo que había alrededor, la gente bajaba al mercado; eso pasaba una vez por semana, exactamente los sábados.

 Y el pueblo se llenaba de personas que caminaban tranquilamente por sus calles. Iban mudados, como de domingo; para ellos era una especie de fiesta bajar al pueblo.

No eran ciudadanos, por tanto lo que hacían era pasear; tenían tiempo de sobras; no les hacía falta correr; no estaban estresados como quien vive en la ciudad. Realizaban sus negocios en un ambiente ameno.

Llegaban en sus carros, cabalgando mulos, caballos…o a pie sencillamente. Y se dedicaban sin prisas a lo que habían ido a hacer. Sobre todo charlar entre ellos; era gente muy amable y acogedora, no como la de la ciudad. Se saludaban contentos, y se preguntaban por la familia, por los hijos…

Iban a las tres panaderías que había con un saco de esparto grande para meter los cinco o seis panes de dos kilos que compraban para toda la semana. Años atrás, todos tenían un horno en sus casas, y se hacían ellos mismos este alimento tan imprescindible. Pero con la modernidad, ahora preferían comprarlo en la tienda.

Había cuatro herrerías, que trabajaban sin descanso todos los días de la semana, excepto el domingo, porque sino el cura se enfadaba y los regañaba. Arreglaban herraduras, las cambiaban, etc. Y hacían verdadero trabajo de forja, moldeando el metal con maestría. También reparaban los carros, que eran de madera, claro, y llevaban unas ruedas del mismo material, con unos aros de refuerzo alrededor, como una especie de llantas.

Como los caminos eran bastante malos, y las escasas carreteras igual, a menudo se rompía alguna pieza y había que repararla. Siempre había carros aparcados en esos talleres. En realidad estaban por todas partes, circulando o aparcados por todos lados.

Y hablando de los excrementos que ocupaban todas las calles, ningún problema. Siempre había gente recogiéndolos con una paleta o con las manos. Se la llevaban a casa, la dejaban secar unos días y la usaban para encender el fuego, o la estufa si era invierno. Si la cogían durante los meses de calor, la guardaban hasta que venía el frío.

¿Miseria? Sí, desde luego, la postguerra fue muy dura para casi todos; solo algunos privilegiados lo pasaron bien. Pero corramos un tupido velo sobre eso, mejor…La segunda guerra mundial hacía poco que había acabado y Europa intentaba recuperarse con los préstamos que los USA facilitaba.

El continente estaba físicamente destruido y había que rehacerlo. En eso, los únicos que hicieron el gran negocio fueron los USA; era lo mismo que hicieron tras la primera guerra mundial. Vamos a correr aquí otro velo y esperemos que sea muy tupido…

Yo veía maravillado toda esta actividad comercial del lugar. Miraba cómo el veterinario, toda una autoridad, ponía inyecciones a los mulos, con una enorme jeringuilla.

—¿No les duele? —Le preguntaba yo—No, tienen la piel muy dura y para ellos es como si les picara una mosca. Eso me sorprendía, porque las inyecciones a mi me daban pánico; y me costaba entender eso.

Mis padres alquilaban una casa todo el verano; era muy grande; tenía dos pisos, una buhardilla y una bodega. Y toda la planta baja estaba ocupada por cuadras; y es que en aquellos años, quien tenía animales, tan necesarios para los trabajos del campo, los guardaba en su vivienda, en los bajos.

En realidad toda la población tenía un olor específico, distinto del que despide el cemento de la ciudad. Fue una experiencia interesantísima; tuve vivencias que me marcaron mucho y que nunca olvidaré. No había ninguna piscina, claro; pero sí un buen río, bastante caudaloso. Era una delicia hacer de Tarzán saltando de los árboles al agua y buceando.

Actualmente tengo una casa allí, que compré cuando acabé la carrera; y al jubilarme me instalé en ella.

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“RECUERDOS ESTIVALEShttps://wordpress.com/page/ramonmontanyaimaluquer.com/2987

—Aquellos veranos…Hace ya, ¿cuanto tiempo?

—Mucho, mejor dejarlo.

—Pero estaban muy bien, Antonio.

—Tienes razón, Pedro, pero es que me da pena el pensar que eso ya no volverá; que nunca más seremos tan felices como entonces.

—Tampoco exageres, hombre; eres un quejica.

—Tengo toda la razón; mira, ¿cuánto tiempo hace que no salimos de juerga? No nos queda ya ni humor para ir a tomar unas cervezas al bar de la esquina.

—Bueno, bueno, habla por ti, porque yo…Además, hace demasiado calor.

—¡Tú, tururu! Mucha boca y poca chicha; siempre estás fardando, que si tú, que si esto, que si aquello…y total, en realidad nada de nada, como yo.

—Yo me conformo con lo que hay, me adapto a las circunstancias.

—Ya, menuda excusa más tonta.

—Hay que estar al día; no puedes pretender funcionar como si tuvieras quince años.

—Hombre, tanto como eso no, pero…

—Ni peros ni nada; aprende a vivir de una vez y deja de quejarte ya, corta ese rollo.

—Sí, sí, rollo; pero mira cómo estamos; aquí sentados, aburridos; y como no te gusta jugar al ajedrez, yo solo no puedo hacerlo.

—Pues cómprate un ordenador y aprende a usarlo; le puedes meter un programa para jugar a lo que sea. ¿Ajedrez?  ordenador juega contigo.

—¿Cómo? ¡Anda ya! Eso no te lo crees ni tú.

  • ¡Que sí, hombre, que sí; y esos juegos tienen varios niveles de dificultad, para que, sepas lo que sepas, puedas jugar como si fuera una persona que tuvieras delante.

—¿De veras? Oye, pues no es mala idea, ¿cuánto cuesta un ordenador de esos?

—Creo que hay muchos precios, depende de la marca. Los mejores son muy caros, pero hay otros mucho más baratos.

—No sé si llegaré yo a eso.

—Lo puedes comprar a plazos, como el televisor.

—¿Sí?

—Oye, ¿tú en qué mundo vives? ¿No miras la tele?

—No mucho, la verdad.

  • Ya se nota. Pues mira los anuncios sobre todo y verás.

—Tengo prohibido que en mi buzón metan propaganda.

— Pues haces mal, porque por correo nos llegan siempre muchos anuncios, ¿No ves que les interesa vender a los comerciantes? Viven de eso. Y te inundan de ofertas.

—Pues no sé; también tú me podrías pasar alguno de ellos que te llegue.

—¿Y qué más? ¿Lo quiere con café o con te el señor?

—Tampoco hay que ponerse así, caramba. Por un favor que te pido…

—¿Un favor? Siempre estás igual, menuda jeta tienes. Bueno, me voy que es tarde y mi hija se pone nerviosa si no llego pronto. Hasta otro rato.

—¡Ve con Dios, hombre! Ah, y sobre todo ve por la sombra, que con este calor te asarás de aquí a allá.

—Vale, no me acompañes, ya cerraré yo, adiós.

—Adiós.

Era el mes de agosto y llevaban unos días brutales de sequía. ¿Días? En realidad meses; normal en una tierra mediterránea como esa, Alicante; el pueblo estaba en el interior y la influencia del mar les llegaba poco.

Dos días más tarde, los dos amigos se encuentran de nuevo en el mismo lugar.  Antonio es un tipo bajo y grueso y luce un gran bigote; viste con camisa corta y pantalones de verano. Pedro es más alto y lleva una ropa parecida; flaco como un hueso, parece don Quijote.

—¿Recuerdas aquel verano que pasamos en Marbella?

—¡Cómo no, cómo nos divertíamos fregando platos y sirviendo en las mesas! — ¿Sentido del humor o crítica? Quizás un poco de todo.

—Si, desde luego; el ver a esa gente rica con sus coches y sus trajes y tomando copa tras copa, me causaba unas ciertas náuseas.

— Pues a mi me daban mucha envidia, la verdad.

—A mi no; esos petulantes siempre tratándonos como si fuéramos gusanos…

—Es que éramos gusanos. ¿Recuerdas el tío aquel del yate, que se pasaba las mañanas entrando y saliendo del aparcamiento del puerto deportivo?

— Sí, menudo mastuerzo; no iba a ningún sitio; siempre estaba allí, luciendo su gorra de capitán el muy idiota.

—A mi me hubiera gustado ser tan imbécil como él y tener su dinero.

— Mira, lo que no puede ser, no es y basta. Hay que saber estar en su sitio.

—¿Y el viejo aquel que iba acompañado de aquella gachí despampanante, mucho más alta que él y muy joven? Era su amante, claro; un objeto de lujo para él.

—Me acuerdo; sí, como el perro ese gigante que iba con ellos.

—Y como el deportivo de lujo en el que llegaban siempre y dejaban ahí en medio para tomarse unas copas. Nunca les pusieron una multa.

—Tenían enchufe, claro; dinero llama dinero.

—Son recuerdos más bien tristes.

—No creas, todo son experiencias; si nos hubiéramos quedado aquí no habríamos visto mundo.

— Sí, como cuando nos contrataron como tripulación de aquel barco.

—¡Sí, sí, lo recuerdo muy bien! como si fuera ayer!

—¡Menuda chulada, navegar!

—Sí, sobre todo cuando dejamos de marearnos, ja, ja.

— Bueno eso solo fue los primeros días.

—Dos o tres por lo menos; lo pasamos mal, con el estómago siempre revuelto.

—Y el desgraciado aquel siempre detrás nuestro dándonos órdenes.

—Lo hacía a posta, estoy seguro. Marineritos de agua dulce nos llamaba  el tío.

—Tenía razón; ni tú ni yo habíamos embarcado nunca.

—Cierto, y nos cogieron porque los hombres que trabajaban allí habían cogido una gastroenteritis por comer una mayonesa en malas condiciones.

— A nosotros lo bien que nos fue.

—¡Sí, y cómo estaban esas chicas!

— Eran profesionales.

—Sí, claro, y de las caras.

—¡Ay! Suspira uno de ellos.

—¡Ay! Suspira el otro.

—Aquellos veranos…Hace ya, ¿cuánto tiempo? Mucho, mejor dejarlo.

—¡Pues lo dejamos!

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“El olivo, tesoro mediterráneo”

—Venga, Artal, explícame para qué sirve esto que haces.
—Claro, Osio; estas plantas son muy buenas y dan unos frutos interesantes; las cambié por un poco de plata a un extranjero de esos.
—¿Sí? ¿Y para qué sirven, si puede saberse?
—¡Pues claro que puede saberse, hombre! Ya verás cuando crezcan y me den olivas.
—¿Qué? ¿Y eso qué es?
—Las olivas son el fruto de estos matojos que estoy plantando; ya verás, con ellos se saca aceite, como una especie de grasa; y también son buenas tal cual, se comen y tienen un buen sabor.
—¿Así, sin más? ¿Se cogen y ya está?
—No, hombre, no. Primero están amargas, no se pueden comer. Hay que ponerlas en agua y sal muchos días, hasta que pierden el mal gusto. Y entonces son muy ricas. Toma, prueba estas que ya están preparadas.
—¡Qué gusto más especial; nunca había probado nada igual! ¡Están riquísimas!
—¿Verdad que sí?
—Ah, ¿Y producen mucho?
— Cada olivo te puede dar cientos de aceitunas de esas; pero sólo cuando ya tiene unos años. Al principio no dan nada.
—Interesante, ¿Y cómo se cuidan?
—Se crían solos, aguantan muy bien los meses sin lluvia. Se podan una vez cada año, cuando hace frío, y ya está.
—Entonces son perfectos para aquí—comenta Osio.
—Sí, desde luego—Dice Artal.
—Oye, pues me has convencido, me comprare algunos de esos arbolitos.
—Date prisa, que si no se acabarán; la gente los está comprando rápido; hay uno de esos mercaderes fenicios que está explicando lo que son y para qué sirven. Y además, enseña las olivas, para que la gente las vea y las pruebe. Y también les muestra el aceite, lo otro que se puede obtener con los olivos.
—Me voy a la plaza, hasta luego.
—Adiós.
Este diálogo tenía lugar en un poblado ibérico situado en lo alto de lo que ahora es el cerro del Alcázar, Baeza, provincia de Jaén. Los protagonistas, dos íberos, uno joven y el otro de mediana edad. Artal es el mayor, un individuo corpulento y bajo, bien musculado, moreno y de ojos grises; posee un abundante cabello largo.
El otro, Osio, debe tener unos veinte años, igualmente fornido y un poco más alto. Como siempre, una persona con más experiencia de la vida enseña cosas nuevas a la juventud.
Primero los fenicios y más tarde los griegos vinieron a la península, en busca de aventuras y de riquezas. Es una figura que puede compararse perfectamente con lo que ocurrió muchos siglos después, desde que Colon tropezó con América; los europeos buscaban fortuna yendo hacia el oeste, a “hacer las Américas”. Eso pasaba entre los siglos XV y XVIII principalmente.
Y mucho antes, fenicios y griegos hacían lo mismo entre los siglos XI y III a.C. Éstos buscaban oro, plata, cobre y estaño. Y todos estos materiales eran abundantes en nuestro territorio, cosa que pronto se hizo de dominio público en el Egeo. La cantidad de metales ricos que se exportaron durante muchos siglos era tal, que algún autor clásico cuenta que muchos capitanes de naves cambiaban las anclas de hierro por otras de plata, cuando regresaban en su viaje de vuelta.
Los diversos y continuados contactos comerciales entre los pueblos íberos y los visitantes, tuvieron como resultado una rápida aculturación de las gentes de la Península. Porque los orientales poseían unas culturas mucho más avanzadas que los que vivían por aquí.
Y entre lo bueno que trajeron, desconocido en occidente, estaba el olivo, al igual que la vid. Con el tiempo, estos dos elementos se convertirían en el producto básico por excelencia de la actual Andalucía. Y Jaén representa un hito importante en esos cultivos, con sus “ejércitos” de olivos perfectamente alineados que cubren el territorio.
Artistas, poetas, literatos famosos se han ocupado del tema de los olivos jienenses. A destacar Machado, hablando de esos aceituneros de Jaén…No hay sitio aquí para dar una relación, siquiera sea rápida de los distintos personajes que han escrito o pintado algo sobre los olivares de esta provincia andaluza.
Pero volvamos a nuestros protagonistas. Su poblado constaba de unas treinta casas y estaba rodeado por una muralla de piedra seca. Tenía una forma alargada, siguiendo la costumbre de sus ancestros de la edad del hierro. El fondo de las casas formaba parte de la muralla y esta tenía dos entradas; por ellas podía pasar solo un carro y estaban flanqueadas por sendas torres.
En caso de peligro, bastaba colocar dos carros en cada puerta para quedar protegidos de cualquier intrusión. Las casas estaban hechas con paredes de barro, con unas hiladas de piedra en la base, para evitar la humedad del suelo. Y la techumbre era de cañas y paja seca, mezclada con fango. No conocían la teja, que sería traída más tarde por los romanos.
Los autores antiguos nos dan una valiosa información sobre esta simbiosis que se produjo entre el oriente Egeo y el occidente peninsular. Aquí, por el influjo foráneo, pronto surgió la primera gran civilización neolítica de occidente, Los Millares, entre el 5000 y el 3000 a.C. Más tarde, la gran cultura del bronce occidental, El Argar. Siempre en el sur de la Península, lo más moderno. Y finalmente el mundo ibérico, con sus variantes peninsulares.
En Andalucía la más propia era la turdetana o la tartesia, los íberos más antiguos como tal. Las leyendas nos explican historias de unos primeros contactos entre extranjeros y Argantonios, un mítico rey del no menos mítico reino Tartessos, con el que establecerían relaciones comerciales. Es curioso, porque el nombre de este monarca significa “el que es rico en oro”, de argentum, plata. Las leyendas son así.
Arqueólogos franceses, alemanes, ingleses, españoles, etc., han estado buscando infructuosamente esta legendaria ciudad de Tartessos durante todo el siglo XX y lo que llevamos del XXI; debió estar ubicada en algún lugar entre Cádiz, Huelva y Sevilla; posiblemente en el actual Coto Doñana. Pero su localización, que casi todos han pretendido hallar, sigue sin identificar de momento.
Y entre los aventureros griegos, justo es destacar a un tal Colaios de Samos, que, según nos cuenta Herodoto, un autor del siglo V a.C., fue el primero que llegó más allá del estrecho de Gibraltar. Este viajero y explorador parece que viviría en el siglo VII a.C.
Cuando vienen los romanos, el panorama agrícola ha mejorado, pero serán éstos los que darán un impulso definitivo al agro ibérico. Es curioso porque su venida fue un hecho casi casual. Roma tenía un rival importante en el Mediterráneo, que era Cartago, la poderosa ciudad norteafricana; con la caída de Fenicia, se convirtió en la segunda potencia del Mare Nostrum.
Dado el espíritu ambicioso e imperialista romano, era inevitable la guerra entre ambas potencias. Los cartagineses hacía ya tiempo que estaban en nuestra tierra, con la que habían establecido fuertes vínculos. Y dentro de la estrategia de guerra, Roma decidió invadir la Península, para cortar avituallamientos a Cartago.
Las Fuentes clásicas nos cuentan la historia de estas guerras entre los dos mundos; conocemos por ellas los nombres propios de algunos generales, como Escipión por parte de los romanos; o Aníbal Barca, general cartaginés; este llegó a realizar una incursión militar en la propia península Itálica. “Odio eterno a los romanos”, su célebre frase que hizo historia.
El ensañamiento fue tal, que se distinguió por la famosa orden: Cartago delenda ese, Cartago debe ser destruída. Y finalmente lo consiguieron; según la propaganda romana, pasaron los arados por lo que había sido una gran ciudad. La arqueología actual ha demostrado, sin embargo, que la destrucción no fue tan total como anunciaban los vencedores. Ya se sabe, la propaganda es la propaganda.
Una vez instalados los romanos, se puede decir que nos trajeron todo un nuevo mundo, más moderno. A lo que nos habían dado fenicios y griegos, se añadió lo de los que venían desde la península Italiana. No entraremos aquí en detalles, por no exceder del espacio del que disponemos; solo comentaremos que el cultivo del olivo se intensificó con la centuriación del campo que hicieron los recién llegados.
En efecto, ellos parcelaron por primera vez los campos peninsulares; y dieron forma a la actual cartografía, la división en parcelas del campo español. Algo parecido a lo que ocurrió con las calzadas romanas, que fueron imitadas en su trazado por las modernas carreteras del siglo XX.
Con el paso del tiempo, ya en el siglo VIII, llegaron los siguientes extranjeros a instalarse aquí: los árabes, que continuaron la labor, conservando todos los conocimientos agrícolas antiguos; e incluso los mejoraron. Con ellos el cultivo del olivo avanzó un paso.
Esta nueva cultura, en su momento de más esplendor en la Península, se llamó Al Ándalus; y fue en su época una civilización de lo más avanzado el mundo. Ciudades como Jaén, Córdoba, Sevilla, Granada, Toledo, tenían grandes bibliotecas en las que muchos estudiosos aprendían todas las materias posibles.
Era un momento que hoy conocemos como el de “las tres culturas”, porque los árabes dominantes permitían la coexistencia entre ellos de judíos y cristianos. Y eso atraía a muchos estudiosos europeos a las escuelas arábigas de traductores. Grandes figuras pertenecen a este momento, principalmente el siglo X.
Entre la rica herencia que nos transmitieron, hay que destacar la numeración. Los romanos utilizaban un sistema de números muy poco eficaz y los árabes inventaron uno mucho mejor: el actual, mundialmente hablando; salvo en el lejano oriente, desde luego.
Actualmente, el olivo forma parte del paisaje, ocupando grandes extensiones de terreno. La provincia de Jaén es una especie de olivar gigante toda ella; y su producción de aceite y de aceitunas da la vuelta al mundo. Además, dan la mejor calidad con sus distintas variantes, procedentes de elaboraciones, injertos…
Y combinado su cultivo con el de la vid, el éxito es rotundo. Toda la Península, en su vertiente mediterránea, posee campos olivareros importantes. En Lleida, por ejemplo, se da una variedad, la aceituna arbequina; de pequeño tamaño pero muy apreciada también, tanto para mesa como para aceite.
El que se produce en nuestro país podemos decir que es el mejor del mundo, o uno de los mejores. Y si hablamos de picaresca comercial, hace unos años se descubrió un caso de plagio y estafa. Ciertos empresarios italianos compraban el aceite español a precio al por mayor: lo etiquetaban como producido en Italia y lo revendían muy caro. No merece más comentario. La delincuencia está por todas partes.
Ha sido siempre un producto típico de secano; por eso el clima peninsular lo ha favorecido mucho; pero últimamente se le ha aplicado el regadío en muchas plantaciones; y el resultado es espectacular, en cuanto a producción.
El olivo es una planta xerófila, es decir, que aguanta mucho la sequedad; los largos períodos de falta de agua mediterráneos le son propios para medrar. Y también es termófila, le gusta el calor, las altas temperaturas.
De todos modos, aún así, aguanta los tiempos fríos y ha de bajar mucho la temperatura para que un olivo no aguante: estamos hablando de unos quince grados bajo cero o más. Es un árbol que vive muchos años; tenemos ejemplares de más de mil años repartidos por toda la geografía de la Península.
También su madera es muy apreciada para hacer diferentes manualidades; es decir, que incluso muerto o viejo ya, improductivo, un olivo nos da un servicio interesante; sillas, mesas, bastones, etc.
Cuando se habla del Mediterráneo, se piensa siempre en olivos, tanto si hablamos de la parte europea, como de la asiática, como de la africana. Nuestra vida sin él sería muy diferente. ¿Cómo acompañaríamos nuestra comida? ¿Cómo la cocinaríamos? ¿De qué manera la aliñaríamos?
Aceite puro de oliva virgen extra es la máxima calidad, entre las muchas que obtenemos, según elaboremos las aceitunas. Oro verde, según dicen muchos. Todas las culturas mediterráneas, pobres por definición desde siempre, han tenido en su dieta un elemento muy importante, el pan, en sus distintas formas: panes grandes y pequeños, tortas de distinta clase…Y el aceite ha hecho de complemento necesario para esos hidratos de carbono. Sin él la cosa sería muy diferente.
En Catalunya, por ejemplo, históricamente, existe una figura que es el pa amb oli, el pan con aceite; un alimento que salvó de la desnutrición a grandes masas de población durante los siglos medievales. Ya en el renacimiento, con la llegada del tomate, un producto exótico americano, los catalanes inventaron uno de los alimentos base perfectos: el pa amb tomàquet, pan con tomate, mundialmente conocido y celebrado por los mejores gourmets y muchos grandes chefs.
Combina con todo: con carne, pescado, queso, jamón…Cualquier bocadillo, si lleva el pan bien untado con tomate, es mejor, sin duda. Es muy sencillo, pero requiere una técnica que no todo el mundo domina.
Pues bien, en ese plato el ingrediente a parte del pan y el tomate, es el aceite, claro; un buen aceite de oliva no puede faltar en ninguna mesa. Y ya se sabe que la dieta, la cocina mediterránea, es la mejor del mundo; dejemos la modestia por un momento, ¿no?

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“EL ESCRITOR”

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“EL ESCRITOR”

—Érase una vez…—Había una vez…—Un día, a principios de mayo…—No, ninguno de estos sirve; me resulta muy difícil últimamente escribir; no sé cómo empezar los relatos; parece mentira; a mí antes esto no me pasaba; debe de ser la edad. Nos hacemos viejos.—Pues me tomaré un café y luego sigo.—Bien, pues ya me he tomado ese café, que por cierto estaba muy bueno, aromático y con mucho cuerpo. Y es que el café es una de esas cosas que cuando te gusta no lo dejas nunca; y que vayan diciendo que si te pone nervioso, que si tal, que si cual…Yo ni caso, a lo mío.—Voy a poner la tele, a ver si me distraigo y me llega la inspiración.

Al cabo de un rato:

—Llevan diez minutos poniendo anuncios; apago, es lo más inteligente que puedo hacer, porque el programa que están dando es una auténtica porquería, como casi todo lo que ofrecen; lo único que les importa es hacer el gran negocio con los anuncios.

Apaga la caja tonta y sale al balcón, a tomar un poco el aire. Por la calle pasa una mujer muy vistosa, alta y delgada, morena y bien vestida. La va siguiendo con la mirada:

—¡Menuda gachí, ¡qué guapa es! —piensa. Pero bueno, tengo que escribir, si no el editor me matará; llevo ya mucho tiempo sin entregarle nada y al final se hartará, y tendrá razón.

Entra en la habitación y se sienta ante la vieja máquina de escribir; es una Wonderhood de color negro, muy grande. Se la mira y piensa:

—Esto es una máquina de escribir y no esa birria de ordenadores que fabrican ahora. Cada pulsación, cada tecla que aprieto, la noto en mis venas; me estimula mucho para seguir escribiendo más y más.

Y sigue:—Esta vieja burrita es mi mayor motivación para ser autor profesional. Sin ella no sé qué haría. ¡Qué buena idea tuve al comprarla y hacerla restaurar! Me costó un ojo de la cara, pero la estoy disfrutando muchísimo. ¡Fantástico!

Mete una hoja de papel en el rodillo; mejor dicho, tres hojas con sus correspondientes de papel carbón para sacar tres copias de lo que escriba. Le da al rodillo con la palanca, situando el cursor a principio de página.

—¡Menuda gozada, es tan suave…!

Se podría decir que esta afirmación es un tanto peregrina y sobre todo muy subjetiva. Porque afirmar que una de esas máquinas de escribir es suave, es demostrar que se carece del más mínimo sentido de la sensibilidad. El hecho es que nuestro protagonista es un hombre chapado a la antigua, como se decía antes. Viste con pantalones de pana y zapatos marrones; lleva una camisa blanca y corbata azul. Y como en ese momento está en casa, se ha puesto un viejo jersey fino de manga ranglan y cuello de pico. Y se pone a teclear, muy satisfecho. Mientras, piensa:

—Tengo que ver qué hago con el ordenador que compré; no me sirve para nada; o sea que, para no tirarlo, lo venderé o lo regalaré. Sí, quizás lo doy a alguna casa de viejos, para que se distraigan. Yo, desde luego, no pienso usarlo para nada. Aunque digan que es más cómodo, sobre todo porque puedes borrar y modificar el texto muy fácilmente y tantas veces como quieras.

Y sigue con sus pensamientos, mientras escribe la primera frase:

“Érase una vez…”—Yo prefiero lo artesanal, lo antiguo; creo que tiene más calidad. Escribir con un trasto de esos no tiene ningún mérito; en cambio así la cosa resulta mucho más satisfactoria; porque si no hay esfuerzo, no hay valor, como decía mi profesor de Historia en el Bachillerato.

Han pasado unos veinte minutos y este autor no ha escrito más que unas pocas palabras de lo que debería ser una gran novela, un auténtico “best-seller”.

—Nada, no hay nada que hacer; hoy no es mi día. Voy a hacerme un bocadillo, son casi las seis y mejor que meriende. Me lo haré de ese queso tan bueno que compré en Els Brucs; le untaré tomate al pan, claro; así estará más jugoso y más bueno. Eso lo aprendí en Barcelona; allí te ponen siempre tomate en el pan de los bocadillos.

Y continuó pensando:

—Es muy curioso, le llaman pan con tomate y consiste en que cortan por la mitad el tomate y lo frotan con el pan abierto; luego le ponen aceite y sal. Y vale para todo tipo de comida: vegetal, carne, pescado…Una maravilla. Me pregunto cómo se lo debían montar los catalanes en la Edad Media, sin tomates para untar el pan…

Cosa de una media hora más tarde hallamos a nuestro autor en ciernes, otra vez ante la máquina, dispuesto a recibir noticias de las musas:

—Bueno, a ver si ahora… ¡Sí, creo que sí! A ver…

Y se pone a escribir muy rápido y sin parar prácticamente durante más de media hora.—Bueno, voy a parar un rato; me duelen los dedos y los brazos ya. A ver cómo queda lo que he escrito.

Y lee con atención su obra a medio hacer:

-Pues no me gusta, esto es una porquería; nadie me lo publicaría y además menuda vergüenza me daría presentarlo en ningún sitio.

Diciendo esto arranca las copias, las arruga y rompe; y las tira a la basura. Y con cachaza propia de mayor causa, vuelve a coger tres hojas de papel y las alterna con otras tantas de papel carbón; las mete en la burrita, como la llama él cariñosamente y reflexiona:

—A ver, ¿cuánto tiempo he invertido hasta ahora en esto? Mejor que no lo piense; mucho, a este paso no ganaré ni una puñetera peseta.

Hombre retro por excelencia, prefiere contar en pesetas que en euros; aunque eso le complica siempre la vida en todas partes.

—Pero venga, ánimo y adelante, que yo puedo con esto.

Tenía cosa de veinticinco años de edad, era moreno y empezaba a escasearle el pelo por la zona de la coronilla. Usaba gafas, naturalmente, porque era hipermétrope. Sus ojos grises eran pequeños y penetrantes, con una mirada típica del que no ve bien y debe fijarse mucho en todo lo que le rodea.

—Ya es la hora de cenar, bajaré al comedor.

Vivía en una habitación que tenía alquilada en una pensión del centro de la ciudad, Cuenca, y compartía por tanto el comedor y el cuarto de baño con los otros inquilinos. Eso le deparaba momentos buenos y malos; uno de los comensales fijos era un señor de unos cincuenta años, a punto de jubilarse, y que siempre estaba quejándose:

—¡Esta comida es un asco, diablos!—Calla, que te van a oír—le dijo una señora que tenía al lado, mayor que él y seguramente jubilada ya. Tenía ella el pelo blanco y usaba unas gafas que llevaba colgadas del cuello con un cordón especial. Vestía una blusa de color rosa y faldas de color beige.

—Me da igual que me oigan, que se enteren de que esto es una bazofia incomible—insistió aquel señor, don Jaime como le gustaba que le llamaran.

Era un oficinista de medio pelo; vamos, un típico chupatintas a la orden de un jefe severo. Y su mala sangre procuraba desahogarla con los demás.

—¿Habrá algún día que no tenga quejas, don Jaime? —Dijo con sorna nuestro incipiente escritor.—¡Cállate tú, crío, que eres un crío!¡Qué sabrás tú de la vida! A tu edad yo trabajaba de veras, no holgazaneaba como haces tú.—Se ha pasado usted, don Jaime—intervino aquella señora, en defensa del joven.—¿Qué me he pasado? ¿En qué? ¡Si he dicho la verdad! —Saltó el más que cuarentón, alzando la voz.

En eso se abrió la puerta de la cocina y apareció la dueña de la pensión, con una gran fuente de carne con vegetales en las manos:

—A ver, ¿ya está usted revolucionándome al personal, don Jaime? Si sigue así le castigaré sin postre. Y el de hoy es muy rico, fresas con nata.—¿Fresas? ¿Y con nata? Bueno, en ese caso perdón, pero llevo razón.

El escritor no decía nada y la señora volvió a la carga:

—Usted es un metomentodo y un desaprensivo, don Jaime— ¿No le da vergüenza meterse con el pobre chico? ¡Ocúpese en sus asuntos, estoy cansada de sus contínuas monsergas.—Tengamos la fiesta en paz—afirmó entonces la anfitriona—que no llegue la sangre al río. Usted, don Jaime, ya sabe lo que le he dicho y lo cumpliré, no lo dude.—No será usted capaz, dona Úrsula—se apresuró a decir el gruñón, temeroso de que ella cumpliera su amenaza.

Bien, pues así solían ser los desayunos, las comidas y las cenas de nuestro escritor; convivencia, pura convivencia se llama a esa figura. Y empezó otro día, otra jornada de trabajo, en la fábrica de lanas. Porque nuestro hombre se ganaba la vida allí, haciendo horas, vigilando las máquinas; ahora un hilo se rompía y había que reenganchar, luego sonaba una alarma de recalentamiento de otra y tenían que pararla un rato, etc., etc. Y al final el sonido salvador de la sirena, que anunciaba que el trabajo de ese día había terminado. Y es que la vida del escritor es algo muy sufrido realmente. Para vivir solo de la escritura hay que ser muy bueno/a, tener mucha suerte y que alguien poderoso/sa en el mundo editorial te descubra. Si no, como te descuides te mueres de hambre.

Las cuatro y media de la tarde; nuestro Shakespeare particular está a punto de seguir su obra:

—Bueno, ¿y qué escribo?

Y sigue:—Pues no lo sé…

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“SEGOVIA, UN PAISAJE”

Puede ser una imagen de el acueducto de Segovia

Este escrito va fundamentalmente de paisaje. El paisaje, sí, pero ¿qué es? ¿Qué significa esta palabra? Veamos que nos cuenta el diccionario sobre ella:

—La palabra paisaje viene de la expresión francesa pays, paysage. Y significa un “campo visible desde un sitio concreto”. ¿Qué quiere decir esto? Según parece, paisaje es la porción de terreno que tenemos a la vista en un momento determinado; de todos modos, algunos matizarían este contenido, pero no vamos a entrar en ello ahora.

Existe un paisaje urbano y otro campestre, digamos “civilizado”. Es el llamado ager, el terreno que muestra la ocupación humana. Y aún hay otro, que es el rudus, aquel que no denota esa presencia nuestra; el campo natural, antes de la intervención del máximo depredador, el ser humano.

Todavía podríamos aquí señalar la existencia de un paisaje “natural”, que aunque no aparente haber sido ocupado, en realidad está siendo explotado.

Todo puede cambiar, tanto en el medio rural como en el urbano. Yo recuerdo cuando mi calle en Madrid era una amplia avenida, la Reina Victoria, con un paseo ancho, con unos árboles centenarios. Pero llegaron los años sesenta y el ayuntamiento decidió cortarlos y convertir aquello en una pista rápida. El aspecto del lugar cambió radicalmente. ¡Una auténtica lástima!

El medio campestre también puede tener sus cambios. No ofrece el mismo aspecto en invierno, que en verano o en otoño. La vegetación es cambiante a lo largo del año. Y si llega el ser humano e interviene, la transformación puede ser definitiva.

El paisaje segoviano nos hace disfrutar mirándolo; cuántos/as artistas se han dedicado a recrearlo con sus pinceles. No haremos citas aquí por no extendernos demasiado.

En lo que respecta al mundo urbano, también hemos visto que puede cambiar: pensemos por ejemplo en la Segovia de principios del siglo XX; se conservan muchos grabados y fotos que nos permiten conocerla bien.

Tanto las calles en sí mismas como los vehículos que transitan por ellas y las personas que vemos, han cambiado sus tipos de ropa. Por pequeña que sea la reproducción que estemos mirando, esto es fácilmente apreciable en ella.

Además, muchos edificios han sido derruidos y substituidos por otros de aspecto muy distinto. Claro que en la capital segoviana hay algo con suficiente personalidad, que le da un sello especial y que además, por fortuna, es inamovible. Incluso el tráfico rodado del centro depende totalmente de ello:

¡Cómo no! ¡Uno de los acueductos romanos más conocidos, famosos e importantes del mundo! Magníficamente conservado y en uso como tal, hasta no hace muchos años; atraviesa todo el centro urbano y se muestra en su gran majestuosidad; y permite que nuestra ciudad sea conocida en todas partes por su acueducto.

No has ido a Segovia si no has visto el acueducto, si no has comido en alguno de los restaurantes próximos a él, con sus magníficos asados: lechón, cordero, cabrito…Y bien regados con caldos exquisitos. Un recuerdo que nunca se olvida. Y siempre se quiere volver a esta ciudad milenaria, para ver el acueducto, recorrer sus calles y curiosear por sus tiendas de recuerdos, para ver qué compraremos cada vez que vayamos.

¿Y su catedral? Un gótico magnífico, de los mejores que tiene España; y hablamos de un país que, por el camino de Santiago, posee numerosos templos de gran calidad artística. Pero la cátedra de Segovia tiene un encanto especial. No es este ni el lugar ni el momento para una mayor descripción. Solo apuntaremos que pertenece al gótico tardío español y que fue la última que se construyó en este estilo en nuestro país, a mediados del siglo XVI.

Toda la ciudad es un auténtico museo urbano; sus calles medievales del casco viejo, sus iglesias románicas porticadas, sus edificios nobles, su gastronomía en la que ocupan un destacado lugar, solo por destacar algo, sus yemas de Santa Teresa…

¿Y su clina? Segovia es una de las ciudades de la Meseta superior, y por ello tiene una altitud considerable: unos mil metros sobre el nivel del mar. Su clima es templado, de clase continental; ello quiere decir básicamente seco y bastante frío en invierno; la diferencia entre los meses de invierno y los de verano es importante. La escasa humedad lo convierte en un lugar sano, al estar alejado de cualquier mar.

Su Alcázar, magnífico baluarte principesco que durante muchos años sirvió de Academia de Artillería, desde el siglo XVIII hasta mediados del siglo XX. Un castillo-palacio de estilo francés, gótico y herreriano, edificado sobre la unión de dos ríos: el Eresma y el Clamores. Hoy día es un museo abierto al público.

La mayor parte de las ciudades que tenía la Hispania romana, hoy en día han variado más o menos sus nombres. Pero Segovia ya se llamaba así en época romana, según nos cuentan las fuentes. Parece que este topónimo tiene sus raíces en el mundo celtibérico, pero como la lengua de esa cultura no ha sido traducida todavía, no se tiene la total seguridad.

¿Y qué diremos del territorio segoviano, fuera ciudad? Amplias dehesas, buenos pastos, campos cultivados; en una tierra que mira por un lado hacia la sierra y por otro hacia el río Duero; campos de viñas, que producen ricos vinos: desde el área de Rueda hasta la de Ribera del Duero, ambas con denominación de origen; son vinos de la máxima calidad que se exportan a todo el mundo.

Repartidos por el territorio tenemos a los llamados verracos, vestigios de las antiguas civilizaciones que ocuparon estas tierras antes de los romanos; eran los celtíberos, unos pueblos autóctonos que fueron aculturizados primero por fenicios y griegos, y posteriormente por los romanos; fueron estos los que le dieron a este territorio su prosperidad, con mención honorífica al mundo árabe de Al-Ándalus.

En realidad, durante toda la historia estos lugares han estado habitados por diferentes gentes, porque reúnen las condiciones adecuadas para ello: tienen agua abundante, más de lo que en el siglo XVIII se pensaba, y un clima templado. Su buena altitud media permite una vida con un confort, pese a los fríos invernales.

De ello tenemos pruebas evidentes; no hay más que ver en el Museo de Segovia los restos del paleolítico, del neolítico, de la edad del bronce y de la del hierro; además de lo celtíbero y romano.

Capítulo aparte son sus dólmenes, como el de Bernardos; en este sentido hará falta una mayor investigación prospectiva, que sin duda facilitará el hallazgo de otros monumentos funerarios megalíticos como este.

Poco es lo que podemos decir en una rápida pincelada como esta.

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“DE ESTE AÑO NO PASO”

Imagen de Villarejo (La Rioja), el pueblo más pequeño de España cuyos habitantes compran más per cápita en Amazon.es

De este año no paso, tengo que hacerlo de una puñetera vez—Esto pensaba José, un joven abulense que vivía en Madrid.

—Ya hace muchos años que me fuí, todo debe estar olvidado, o al menos eso espero. Y si no…Que les dén morcilla, ¡Qué caramba!

Sí, hacía mucho tiempo que no iba a su pueblo natal, Bercial de Zapardiel, pueblo triguero por excelencia. Y es que salió huyendo, por miedo a tenerse que casar con Maribel, una moza de la villa con la que se había prometido. A última hora tuvo pánico y escapó.

—La ciudad ha sido mi recurso y mi refugio, pero es muy duro; he tenido que dejar atrás a mi familia, a mis amigos, en fin…todo mi mundo.

José estaba triste, añoraba su pequeña villa, sus calles, sus gentes, su bar…

—Es posible que me haya olvidado ya y se haya casado; y que tenga cuatro hijos. Espero que sea muy feliz de verdad. Realmente no me porté bien con ella.

Nuestro hombre era un tipo alto y delgado, con una cara afilada y nariz bastante prominente; vestía siempre con vaqueros, camisa a cuadros y, si hacía frío, un buen jersey.

Sus zapatos eran de lo más normal, de color marrón y sin cordones. Tenía el pelo castaño oscuro, bastante largo. Y usaba unas grandes gafas, que le daban un aspecto de intelectual.

—Hacerme periodista ha sido una gran idea—de hecho fue una de las razones que le impulsaron a dejar a su novia e irse a Madrid, a buscar fortuna.

—En esta ciudad hay muchas oportunidades para gente con ganas de trabajar; y además, como siempre pasan cosas, nunca faltará trabajo para un periodista.

De hecho, pronto José se ganó el respeto y la confianza del  jefe de redacción del periódico donde entró como aprendiz. Sabía escribir muy bien, y sus relatos sobre las defunciones; sí, las necrológicas, eran muy humanos y gustaban al público.

—Ya llevas tres meses en tu nuevo puesto, José. ¿Qué ¿Estás contento del ascenso?

—Sí, don Melchor, muchas gracias.

—Tu sigue así y verás cómo vas subiendo poco a poco. Hace falta tesón para esto—le comentó el jefe.

—La sección del tiempo es muy interesante, muy amena—le dijo José a su superior—esto no era lo que pensaba realmente, pero había que contentar a los de arriba.

—Y puede dar mucho de sí, si sabes utilizarla—dijo el tal Melchor—era este un hombre de mediana edad, muy barrigudo, que vestía siempre igual: pantalones de franela grises, zapatos negros, camisa blanca de manga larga y corbata. Como en la oficina no hacía nunca frío, al llegar se quitaba la americana que llevaba desde su casa.

Ese día estaba nublado y amenazaba tormenta. Dejó la moto y cogio el autobús para ir a trabajar.

—Es mejor así, que no pase como el otro día, que por empeñarme en ir con la moto me puse como una sopa, con lo que cayó.

La moto era una flamante máquina que había comprado de segunda mano; muy potente, con dos cilindros y ochocientos centímetros cúbicos de potencia. Un aparato para presumir; y como hacía muy poco que lo tenía, siempre lo llevaba a todas partes.

—Es más fácil aparcar y estoy siempre a pie de noticia—decía; cualquiera diría que trabajaba como reportero de noticias de actualidad.

Algunos de sus compañeros del trabajo le envidiaban, pero otros no tanto:

—Me gustaría comprarme una moto como la de José, pero si lo hago mi mujer me mata—decía uno de ellos un día, en un descanso.

—Pues a mi no, ¡Qué quieres que te diga!

—Pero la moto es más auténtica, el viento en la cara, al aire libre, más suelto—sí, y la cabeza rota en cuanto te descuidas—repuso el amante de los coches.

Pero volvamos a nuestro José, y sus cábalas:

—Volver, volver, aunque solo sea un fin de semana; nada más eso. Y a lo mejor, con suerte, no me la encuentro.

Pensar eso era pura ilusión; él sabía perfectamente que un minuto después de entrar en el pueblo, todo el mundo sabría que el Jose de la Paca estaba allí.

—No tendré esa suerte; pero debería ser capaz de enfrentarme a ella; ha pasado mucho tiempo, la verdad…

Lo cierto era que el flamante periodista conservaba un recuerdo muy vivo, más de lo que él admitiría, de su novia, la Maribel:

—Era tan simpática, tan guapa, tan lozana, tan vivaracha, …No le faltaba razón; la tal Maribel era una joven encantadora, morena clara, con unos ojos entre verde y gris, delgada y con un tipazo impresionante. Tenía una mirada inteligente, sus ojos te penetraban con la agudeza de un pintor o un escultor.

José, cada día que pasaba, pensaba en su pueblo:

—Me acuerdo de cuando venían a jugar al fútbol los del pueblo de al lado, Cabezas del Pozo; los chavales nos dedicábamos a meternos con el portero; le llamábamos el hombre mono, porque era bajo, corpulento y muy moreno de tez.

José seguía recordando:

—Ja, ja, le tirábamos chinitas y se enfadaba un montón. Se dirigía a nosotros amenazándonos con pegarnos y entonces le metían otro gol, je, je. Malos que éramos, con catorce años, angelitos.

Mientras Maribel, durante esos años, había estudiado enfermería y tenía trabajo en el CAP de Arévalo, en la comarca La Moraña, a la que pertenecía el pueblo. Era la jefa de enfermeras, un cargo de responsabilidad para un trabajo importante.

Y llegó el día de autos:

—¡El Jose de la Paca está aquí! —gritaba más que decía un vecino—¿de verdad? —  Le contestó otro parroquiano.

Unas dos horas  después, los dos jóvenes se encontraban frente a frente, en mitad de la calle Real:

—Perdona, lo siento, Maribel…

Le interrumpio el fuerte bofetón que le dio ella. Y eso no fue todo; hubo un segundo que le rompio las gafas, que cayeron al suelo.

Dos años más tarde estaban casados y tenían dos niños. Ella seguía con su trabajo y él tenia empleo como cronista en una revista local de la comarca. Tenían un utilitario, la  moto quedó atrás. Y a quien no le guste el final, que lo cambie y punto.

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“LAS BODEGUILLAS”

En las afueras del pequeño pueblo, en la colina cercana, se abrían una serie de bodegas excavadas en el terreno. En la entrada de una de ellas estaban dos vecinos, charlando de sus cosas.

José, un hombre de unos cuarenta años, iba vestido con pantalones de color gris, llevaba una camisa azulada y tenía en su mano derecha una jarra de metal, de color blanco. En ella había vino del que hacían ellos mismos. Su compañero, Juan, debía tener aproximadamente la misma edad. Llevaba en la mano un pequeño cazo que usaba de vaso.

José estaba diciendo:

—Es indudable que uno de los mayores placeres que conocemos a lo largo de nuestra vida es el comer y el beber bien.

—¿Comer y beber bien? — Pues sí, claro, José, ¿no ves que ya de pequeñitos todos vamos teniendo unas preferencias gastronómicas? Eso se llama el gusto de cada uno y es algo que con la edad va variando—dijo Juan, su amigo, que se vestía de manera parecida y era algo panzudo. Ambos usaban sendas gorras.

—Pero a veces no, porque yo conozco personas que siempre comen lo mismo; y no las saques de eso, porque se niegan a probar cosas nuevas. Mi suegro comía siempre lo mismo: primero una ensalada y de segundo pescado o carne, según. Y todo ello regado con buen vino del Duero— explicó el tal José, descubriéndose por un momento para rascarse el cráneo.

Y añadió: —Mira, un día su hija quiso hacerle algo especial y le ofreció unos calamares fritos; ni los probó, dijo que eso no; y ese día tuvieron que hacerle a toda prisa algo diferente.

—Pues vaya persona más aburrida, él se lo perdía, claro. Porque hay toda una serie de alimentos diversos, platos sencillos o complicados de hacer, que nos producen una plena satisfacción cuando los degustamos—dijo Juan.

—Cierto, Juan, y precisamente nosotros vivimos en un país que tiene la mejor comida del mundo; el mejor clima, los mejores campos para criar magníficos vinos y para cultivar todo tipo de verduras.

—Y eso sin olvidar nuestros pastos, con los mejores ganados del mundo—apuntó Juan.

—¡Claro está, Juan! No te quepa duda, añadió José.

—Nuestro pueblo no tiene más que unos ciento cincuenta habitantes, porque la mayor parte de la población joven ha emigrado—dijo entonces José.

Y Juan repuso: —Es cierto, no hay más industria que el taller del Fede, el hijo mayor de la Juana, que trabaja el cuero y hace todo tipo de arneses. Ahora, como todo son máquinas, estos utensilios han quedado en desuso.

Y dijo José: —Sí, pero este chico es un hábil artesano y tuvo la gran idea. Y le va bastante bien.

—¡Es cierto! —parece que ambos tenían la misma muletilla—menudo talento tiene ese chico. Y lo hace muy bien, claro, su padre era el que nos hacía todos los arreos de cuero para la labranza.

—Sí, todavía me acuerdo de cuando íbamos a tirarle piedrecillas al taller, cómo se ponía—dijo José, y se puso a reír a carcajadas.

En eso empezó a pasar cerca el gran rebaño de ovejas. El pastor dijo en una voz lo bastante alta como para que le oyeran en todo el valle:

—¡Eh, los de la bodeguilla! — Era un tipo muy alto y seco y hacía pensar en el Quijote.

—¡Hala, tú! —dijo José.

—¡Buenas nos dé Dios! —gritó más que dijo Juan.

—¡Hace refrescurita! —Comentó el pastor.

—Sí—contestaron a dúo los otros dos.

—¡Bueno, pues a seguir bien! —fue la despedida del que llevaba las ovejas al monte. El fuerte sonido de los badajos y las campanillas que llevaban, se unía al rumor apagado de las pisadas de los animales; y un olor inconfundible llenaba el ambiente.

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