RECUERDOS ESTIVALES

RECUERDOS ESTIVALES..ELVERANODEMIVIDA

—Aquellos veranos…Hace ya, ¿cuánto tiempo?

—Mucho, mejor dejarlo.

—Pero estaban muy bien, Antonio.

—Tienes razón, Pedro, pero es que me da pena el pensar que eso ya no volverá; que nunca más seremos tan felices como entonces.

—Tampoco exageres, hombre; eres un quejica.

—Tengo toda la razón; mira, ¿cuánto tiempo hace que no salimos de juerga? No nos queda ya ni humor para ir a tomar unas cervezas al bar de la esquina.

—Bueno, bueno, habla por ti, porque yo…Además, hace demasiado calor.

—¡Tú, tururu! Mucha boca y poca chicha; siempre estás fardando, que si tú, que si esto, que si aquello…y total, en realidad nada de nada, como yo.

—Yo me conformo con lo que hay, me adapto a las circunstancias.

—Ya, menuda excusa más tonta.

—Hay que estar al día; no puedes pretender funcionar como si tuvieras quince años.

—Hombre, tanto como eso no, pero…

—Ni peros ni nada; aprende a vivir de una vez y deja de quejarte ya, corta ese rollo.

—Sí, sí, rollo; pero mira cómo estamos; aquí sentados, aburridos; y como no te gusta jugar al ajedrez, yo solo no puedo hacerlo.

—Pues cómprate un ordenador y aprende a usarlo; le puedes meter un programa para jugar a lo que sea. ¿Ajedrez?  El ordenador juega contigo.

—¿Cómo? ¡Anda ya! Eso no te lo crees ni tú.

  • ¡Que sí, hombre, que sí; y esos juegos tienen varios niveles de dificultad, para que, sepas lo que sepas, puedas jugar como si fuera una persona que tuvieras delante.

—¿De veras? Oye, pues no es mala idea, ¿cuánto cuesta un ordenador de esos?

—Creo que hay muchos precios, depende de la marca. Los mejores son muy caros, pero hay otros mucho más baratos.

—No sé si llegaré yo a eso.

—Lo puedes comprar a plazos, como el televisor.

—¿Sí?

—Oye, ¿tú en qué mundo vives? ¿No miras la tele?

—No mucho, la verdad.

  • Ya se nota. Pues mira los anuncios sobre todo y verás.

—Tengo prohibido que en mi buzón metan propaganda.

— Pues haces mal, porque por correo nos llegan siempre muchos anuncios, ¿No ves que les interesa vender a los comerciantes? Viven de eso. Y te inundan de ofertas.

—Pues no sé; también tú me podrías pasar alguno de ellos que te llegue.

—¿Y qué más? ¿Lo quiere con café o con te el señor?

—Tampoco hay que ponerse así, caramba. Por un favor que te pido…

—¿Un favor? Siempre estás igual, menuda jeta tienes. Bueno, me voy que es tarde y mi hija se pone nerviosa si no llego pronto. Hasta otro rato.

—¡Ve con Dios, hombre! Ah, y sobre todo ve por la sombra, que con este calor te asarás de aquí a allá.

—Vale, no me acompañes, ya cerraré yo, adiós.

—Adiós.

Era el mes de agosto y llevaban unos días brutales de sequía. ¿Días? En realidad meses; normal en una tierra mediterránea como esa, Alicante; el pueblo estaba en el interior y la influencia del mar les llegaba poco.

Dos días más tarde, los dos amigos se encuentran de nuevo en el mismo lugar.  Antonio es un tipo bajo y grueso y luce un gran bigote; viste con camisa corta y pantalones de verano. Pedro es más alto y lleva una ropa parecida; flaco como un hueso, parece don Quijote.

—¿Recuerdas aquel verano que pasamos en Marbella?

—¡Cómo no, cómo nos divertíamos fregando platos y sirviendo en las mesas! — ¿Sentido del humor o crítica? Quizás un poco de todo.

—Si, desde luego; el ver a esa gente rica con sus coches y sus trajes y tomando copa tras copa, me causaba unas ciertas náuseas.

— Pues a mi me daban mucha envidia, la verdad.

—A mi no; esos petulantes siempre tratándonos como si fuéramos gusanos…

—Es que éramos gusanos. ¿Recuerdas el tío aquel del yate, que se pasaba las mañanas entrando y saliendo del aparcamiento del puerto deportivo?

— Sí, menudo mastuerzo; no iba a ningún sitio; siempre estaba allí, luciendo su gorra de capitán el muy idiota.

—A mi me hubiera gustado ser tan imbécil como él y tener su dinero.

— Mira, lo que no puede ser, no es y basta. Hay que saber estar en su sitio.

—¿Y el viejo aquel que iba acompañado de aquella gachí despampanante, mucho más alta que él y muy joven? Era su amante, claro; un objeto de lujo para él.

—Me acuerdo; sí, como el perro ese gigante que iba con ellos.

—Y como el deportivo de lujo en el que llegaban siempre y dejaban ahí en medio para tomarse unas copas. Nunca les pusieron una multa.

—Tenían enchufe, claro; dinero llama dinero.

—Son recuerdos más bien tristes.

—No creas, todo son experiencias; si nos hubiéramos quedado aquí no habríamos visto mundo.

— Sí, como cuando nos contrataron como tripulación de aquel barco.

—¡Sí, sí, lo recuerdo muy bien! como si fuera ayer!

—¡Menuda chulada, navegar!

—Sí, sobre todo cuando dejamos de marearnos, ja, ja.

— Bueno eso solo fue los primeros días.

—Dos o tres por lo menos; lo pasamos mal, con el estómago siempre revuelto.

—Y el desgraciado aquel siempre detrás nuestro dándonos órdenes.

—Lo hacía a posta, estoy seguro. Marineritos de agua dulce nos llamaba  el tío.

—Tenía razón; ni tú ni yo habíamos embarcado nunca.

—Cierto, y nos cogieron porque los hombres que trabajaban allí habían cogido una gastroenteritis por comer una mayonesa en malas condiciones.

— A nosotros lo bien que nos fue.

—¡Sí, y cómo estaban esas chicas!

— Eran profesionales.

—Sí, claro, y de las caras.

—¡Ay! Suspira uno de ellos.

—¡Ay! Suspira el otro.

—Aquellos veranos…Hace ya, ¿cuánto tiempo? Mucho, mejor dejarlo.

—¡Pues lo dejamos!

SSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSS

Publicado por ramonmontanyàimaluquer

Nacido en Madrid, 1947. Doctor en Filosofía y Letras, arqueólogo y escritor. Jubilado, ha ejercido de profesor en la UNED y es catedrático de secundaria. Actualmente vive en Ponts.

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