“SUEÑOS DE EUFRONIO, UN PROXENETA BAJOIMPERIAL”

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Ramon Montanyà i Maluquer

Este facsímil está tomado directamente del manuscrito original, antes de imprimirlo. Por ello podrá tener alguna variante en su forma, no en el fondo.

Capítulo I: Cuentos, sueños y cosas que pasan

Empieza la historia con Eufronio que está contando cosas de su vida a un grupo de chicas jóvenes que lo miran con admi­ración; no se sabe si esta es real o forzada, pero quizá habría que inclinarse por lo segundo.

Les estaba diciendo que una vez mató un león con sus ma­nos desnudas, retorciéndole el pescuezo: «Sí, entonces, cuando se me abalanzó, le pegué un tajo con la espada que le seccionó de golpe la garganta; cayó sobre mí y tuvieron que quitármelo de encima porque como pesaba tanto, había quedado yo me­dio atrapado debajo de ese enorme montón de carne».

Las chicas no paraban de lanzar grititos de emoción y de admiración. Si no se lo creían disimulaban muy bien.

En ellas se hallaba representada una gran variedad de los diferentes pueblos del imperio, desde la rubia nórdica de ojos azules, hasta la negra abisinia, pasando por la de tez morena y ojos marrones; e incluso una de ojos rasgados y tez amari­llenta, procedente del Lejano Oriente. Todas muy jóvenes y hermosísimas, desde luego.

En eso llegó un esclavo acompañado de dos mujeres de mediana edad; esbeltas y hermosas, aunque el paso de los años y los sufrimientos habían dejado huella en ellas. Al ins­tante se arrodillaron ante el amo suplicantes:

—Amo, ten piedad de nosotras, no nos abandones —de­cían a coro.

—Ya no servís ni para criadas. —Fue la respuesta de Eu­fronio. Y acto seguido ordenó—: Conducidlas fuera de mi casa y si insisten las matáis discretamente.

Su amo las retiraba pronto porque quería tener la mejor mercancía para sus clientes. Cuando eso pasaba, las desti­naba a otros servicios y cuando envejecían simplemente las hacía sacrificar.

Todas se habían acostado con él al menos una vez, porque este proxeneta quería probar la mercancía antes de ponerla a la venta. «No puedo ofrecer algo mediocre, porque perdería clientela; en Roma hay mucha competencia», decía siempre y tenía razón. «Debo ser astuto, porque en la urbs hay distin­tos personajes que se dedican a los mismos negocios que yo, con mayor o menor suerte; y el que no espabila pierde la ca­rrera del éxito, porque la buena fama ya se sabe que es muy difícil ganarla y muy fácil perderla, y quien cae en desgracia en este sentido ya se puede retirar de la compraventa de este material, porque no tiene futuro. Además, en este negocio un cliente satisfecho repite, vuelve; en cambio, si no queda contento del servicio recibido, ese no vuelve y además me dará mala fama; y mi clientela está escogida, solo admitimos a gente rica. De eso se encargan mis esclavos, bien alecciona­dos al respecto».

Una táctica que utilizaba Eufronio era hacer favores a al­gún colega que estuviera un poco apurado y cuando este se confiaba le pasaba la factura, que aquel no podía pagar:

—Tienes dos lunas, Mamercus, para pagarme lo que me debes, sino te denunciaré a los urbaniciani y ya sabes cómo actúan éstos, no se andan con chiquitas.

—Concédeme unas semanas más, Eufronio, por favor.

Y Eufronio contestaba siempre lo mismo:

—Nada, nada, los negocios son los negocios, ya sabes, espabila.

Entonces el de la bancarrota se veía obligado a cerrar el negocio y/o a traspasarlo; y rápidamente Eufronio se lo com­praba y lo cerraba. Si algún material le podía servir, lo utili­zaba y sino lo liquidaba todo; y liquidar significaba eliminar personas, matarlas, vaya; eso sí, él no se manchaba las manos nunca, para eso tenía secuaces incondicionales.

«No me conviene dejar cabos sueltos con gente quejándo­se de mí y de mi gestión a mis espaldas. Además si vivieran habría que alimentarlas; un gasto superfluo».

El narrador, nuestro protagonista, era un hombre de me­diana edad, bastante ajado y con evidente obesidad. Medita­ba un día, en un momento de pausa entre negocio y negocio, y se decía: «En mi vida ha habido de todo. Huérfano a muy tierna edad, de niño sobreviví difícilmente sin un domicilio fijo, hasta que un golpe de suerte hizo que fuera acogido por

Gratidia, una meretriz entrada en años y en carnes, que me llevó a su casa y me procuró un mejor futuro. Una vez en la casa de Gratidia fui “acondicionado”, o sea, desnudado, lavado, despiojado, etc., por dos esclavas morenas muy gua­pas: “La diosa fortuna te ha sonreído, chaval; nuestra ama es una de las personas más ricas de Roma —le dijo una de ellas—, tu futuro será benigno contigo”».

Y seguía pensando Eufronio: «Allí viví como criado ahi­jado en esa mansio durante unos diez años, el mejor período de mi vida —según pensaba él entonces— había pasado de la más absoluta y miserable indigencia a llevar una vida pareci­da a la de los ricos patricios.

»Además en aquel tiempo aprendí el oficio que me inte­resó en seguida porque veía que se ganaba mucho dinero; pronto la señora me fue cogiendo confianza y no se ocultaba cuando contaba monedas o cuando guardaba joyas, porque una parte importante de la clientela pagaba en especies, so­bre todo joyas.

»Cómo son las cosas; recuerdo que una vez…

SEGUIRÁ

una señora
de nombre desconocido para el vulgo pagó unos servicios
con un mueble de caoba muy antiguo, una especie de cómoda
con muchos cajones de diferente tamaño; este pago se le
aceptó porque normalmente abonaba todo con áureos “de
curso legal”.
»Pero después de un tiempo, casualmente, se descubrió
que existía una estafa que venía de lo más alto: de la ceca
imperial.
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»Resultó que aquellos áureos con los que pagaba la tal señora,
sin saberlo ni ella misma, eran monedas forradas, es decir, de
bronce con un baño de oro para engañar al público; estas monedas,
naturalmente, tenían un valor muy inferior al que parecía.
»Realmente era una estafa de alto nivel, realizada por el
propio gobierno; y esto fue una práctica de algunos emperadores
durante bastante tiempo. La Arqueología ha corroborado
esta maniobra auspiciada por los propios emperadores.
Y seguía recordando Eufronio: «Desde entonces, Gratidia
dio nuevas órdenes a sus esclavos: “Cada moneda que os den
la mordéis y veréis si son de oro macizo; y si no lo son, intentad
que os firmen un pagaré; y si no lo conseguís, apuntad sus
nombres en la lista negra”. ¡Ajá!, pero más tarde, no obstante,
esta medida se demostró insuficiente; por ello Gratidia dio
nuevas órdenes a sus esclavos encargados: “Cobrad siempre
los servicios por adelantado y no os olvidéis de morder cada
moneda; atención que esto es importante y os jugáis la permanencia
en esta casa”».
«¡Menuda zorra era la tía esa!», pensó el proxeneta.
La tal vivienda, la tienda, como la llamaba Gratidia, era
una gran construcción con unas veinticinco habitaciones, un
atrio y dos peristilos diferentes; había estancias totalmente
abiertas al peristilo mayor, como un comedor de verano en
el que se podía recibir a muchos comensales; otras dependencias
situadas también en rededor de los peristilos, tenían
puertas de madera que se podían cerrar incluso con cerrojo
y llave.

Eran las que utilizaban las discípulas de la señora para
trabajar; en ellas las paredes estaban decoradas con unas pinturas
al fresco con figuras de personas desnudas o semidesnudas
practicando sexo en las más imaginativas posturas; todo
ello sobre un fondo de color granate con marcos entre amarillo,
azul y negro. Sí, realmente el gusto estético de los romanos
no tenía gran cosa que ver con las actuales tendencias.
La villa tenía tres entradas diferentes, dos para el servicio
y las llegadas discretas de ciertos personajes y la principal,
una entrada de carruajes, que a través del porche comunicaba
directamente con las dependencias de los porteros de
guardia y a continuación conectaba con el atrio que daba
paso como siempre al primer peristilo.
Siempre había un gran bullicio en esa residencia, excepto
en la parte reservada a la domina y sus allegados más íntimos.
Eufronio se sentía feliz en ella y llegó a querer a la señora
como si hubiera sido la madre que jamás conoció.
En plena juventud, cuando tenía unos quince años solamente,
una vez liberto, se alistó en la legión gracias a las
influencias de su generosa ama; por un afán de aventuras y
ganas de ver mundo dejó el negocio y fue a jugarse la vida,
demostrando su poco cerebro.
Estuvo sirviendo en la legión más de veinte años. Primero
formando parte de las tropas auxiliares, luchando en Britania;
al cabo de un tiempo de servicio fue nombrado prefecto
de la Cohors II Gallorum veterana equitata, destinada
en el muro de Adriano, aquella formidable muralla que los
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romanos edificaron para separar la zona de Britania, que
consiguieron dominar más o menos, de la de más al norte, la
que con el tiempo sería Escocia, habitada por unas tribus belicosas,
entre las que destacaban los llamados pictos, porque
se tatuaban el cuerpo en color azul.
Tiempo después fue destinado a Lugdunum (Lyon) donde
conoció y se unió a su primer amor, Gala. Con ella pasó unos
felices años de pareja.
Al retirarse del ejército se hizo cargo de la fortuna que su
bienhechora parece que le había dejado en herencia; aunque
un escritor de cuarta fila, que había leído la obra de Marcial,
(“Epigramas”) le dedicó un epigrama plagiado de este autor:
«¿Por qué, Eufronio, ensucias el agua de los baños lavando tu
culo? ¿Quieres ensuciarla más todavía? ¡Mete tu cabeza!». En
realidad el original de Marcial estaba dedicado a un tal Zoilo.
No parece que fueran muy amigos el plagiario y Eufronio.
Se convirtió en un rico mercader de carne humana y su
habilidad comercial y su gran falta de escrúpulos lo catapultaron
a una fama entre los profesionales del medio. No solo
mantuvo el negocio, sino que lo amplió regentando no uno,
sino tres burdeles en Roma.
«Tengo uno al lado de los foros y bastante cerca del gran
anfiteatro Coliseo —se jactaba—, en la importante zona comercial,
donde se halla un gran número de tabernae, las mejores
tiendas; y que además es un centro de reunión y de paso
de gente diversa; así, entre la multitud, es fácil “hacer mutis
por el foro” y llegar a mi prostíbulo».

«Este local es una mina de oro, más que las de oro de
Hispania», decía un día. La minería de la Península era muy
famosa en Roma.
«Tengo otro establecimiento en el monte Aventino, no lejos
del Circo Máximo, una importante zona recreativa de la
urbs; ello permite a muchos y a muchas simular que van a las
carreras y entrar en la casa de la domina para pasar un rato
agradable sin que sus esposas o esposos lo sepan.
»Y el tercero ocupa un amplio espacio en el Esquilino,
al otro extremo de Roma, lejos de los anteriores y más a las
afueras, también situado de manera estratégica junto a una
zona de acuartelamientos militares, en el Celio, entre los que
destaca el Castra Nova equitum singularium, el fortín de los
caballeros singulares, sede de la guardia imperial a caballo
desde los tiempos del divino Augusto. Tampoco falta en él
una nutrida clientela».
Los que le escuchaban eran clientes habituales suyos, viejos
conocidos de negocios; unos asentían con la cabeza haciendo
gestos de admiración; la adulación a duras penas se disimulaba.
—Lo reconozco, Eufronio, eres un gran empresario; el
más grande que conozco —decía uno de ellos—, de seguir así
te nombrarán emperador.
—¡No, eso jamás! No me gustaría —repuso él—. Además,
ya sabéis que los asuntos de estado no me interesan.
Nunca tuvo hijos, al menos conocidos. En una ocasión
en que estaba charlando con un amigo de confianza salió la
conversación:
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Ramon Montanyà i Maluquer
—Eufronio, ¿cómo es que no tienes hijos? —le preguntó
el amigo y cliente.
Y éste respondió:
—¿Para qué? Nunca traen más que disgustos.
Y dijo el cliente:
—Pero esta casa tan grande, con tantas habitaciones, pasillos,
etc., está pidiendo a gritos unos críos jugando en sus
patios y corriendo por los pasillos.
—Cayo, amigo mío, no me convencerás en absoluto, nunca
jamás y si alguna vez los tengo, que no sean míos y que no
los tenga que alimentar, educar, cuidar y subir yo. Estoy muy
bien como estoy, gracias.
Y Cayo dijo:
—Mira que eres tozudo, ¿eh?
—¡Hasta la muerte! —respondió Eufronio y con esto se
despidieron.
Roma era la gran capital de las oportunidades de todo
tipo y también de la prostitución de toda clase. Ahí Eufronio,
hombre listo y muy activo, decidió explotar los deseos de
aventura de los patricios romanos, proporcionándoles unos
placeres exquisitos y unas fantasías diversas, muy variadas;
ello incluía festejos con participación de todo tipo de sexos,
con gran promiscuidad y con la añadidura de animales a los
que se hacía practicar en público.
—Mirad —dijo—, todo el mundo político de este momento,
a mediados del siglo III, corrupto en general y en particular,
consiste básicamente en un emperador, máximo dirigente

SUEÑOS DE EUFRONIO, UN PROXENETA BAJOIMPERIAL
como dictador puro y duro; por debajo de él, en la cúspide
de lo que había sido hace mucho tiempo el cursus honorum,
es decir, de los altos cargos de la administración del estado,
la carrera política, se halla el Senado.
—Bueno, alguien tiene que mandar —respondió uno de
los presentes.
Y Eufronio continuó:
—Compuesto este por unos senadores que tienen como
arduo trabajo aceptar todas las disposiciones, todas las decisiones
que tome el emperador de turno, según el humor
con que se levante cada día; que para eso es el emperador.
Nada parecido al primitivo y auténtico Senado romano
republicano, que era el órgano que gobernaba durante la
República; de eso han pasado ya muchos años, cerca de
trescientos.
Y dijo:
—Las ocupaciones de estos magistrados senatoriales son
en realidad bastante reducidas; y, siendo como son, ciudadanos
patricios, es decir, de la clase nobiliaria imperial, tienen
una vida regalada, llena de lujos y beneficios, difícilmente
alcanzables por la plebs, la plebe, el pueblo llano.
»Viven por tanto en las mansiones más importantes de la
ciudad y tienen a su servicio una gran cantidad de servidores
entre criados y esclavos. Una de sus distracciones favoritas
es pasar la mañana en las termas criticando al gobierno, a
los vecinos, a los amigos; en resumen, chismorreando como
viejas cotorras; y esto mientras los que hacen todo el trabajo
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en esas instalaciones termales los van desnudando, lavando,
bañando, depilando, etc.
»Y esto incluye a sus señoras esposas, claro, que normalmente
van a las secciones para mujeres de esas mismas
termas; de todos modos también hay, como sabéis, termas
mixtas, como las que regento yo.
»Estas mansiones lujosas contrastan con las minúsculas
viviendas que hay en ciertos barrios; distribuidas en bloques
que pueden llegar a tener tres o cuatro pisos. En ellas son
frecuentes los incendios y como no están organizadas para
actuar en caso de necesidad, son como ratoneras donde quedan
atrapados sus inquilinos».
Lo de las mansiones lujosas y las ratoneras eran temas
que le obsesionaban; él había salido de la miseria y no quería
volver a ella.
Sobre el cuerpo de bomberos de Roma, los vigili, conviene
recordar que al principio, en el siglo I a. C., eran una empresa
privada que pertenecía a Marco Licinio Craso, uno de los
tres dirigentes del Triunvirato de Roma en el siglo I a. C. Su
manera de actuar era la siguiente: cuando se declaraba un incendio
ellos, avisados, llegaban al lugar y buscaban al dueño
del edificio en llamas y se ponían a negociar con él el precio
del servicio que harían.
Ya de entrada le pedían un pago excesivamente exagerado
para que no pudiera o no quisiera pagarlo; mientras, la casa
seguía ardiendo; al final, no apagaban el incendio, la casa se
quemaba y entonces Craso les compraba los restos, el solar,

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a los dueños. Las malas lenguas aseguraban que muchos de
esos incendios eran provocados por el mismo Craso, que se
enriqueció de manera escandalosa. En época imperial, con
Augusto, los bomberos se hicieron públicos y el tema cambió
radicalmente.
Una cosa que cuidaban mucho, sobre todo las patricias,
era el ir elegantemente vestidas y ataviadas; túnicas de seda,
con sus transparencias que dejaban ver sus líneas; y adornadas
con unas joyas de gran tamaño en metales nobles como
el oro y la plata. Las dimensiones de esta orfebrería denotan
el tipo de gusto que estaba de moda. En el Bajo Imperio la
gigantomanía no se aplicaba solo a la construcción, también
a la joyería, ello puede comprobarse en los numerosos mosaicos,
pinturas y estatuaria que han llegado a nosotros.
Esa mañana, en las termas, dos señoras conversaban de
lo cotidiano, mientras el servicio las cuidaba y acicalaba adecuadamente.
Adriana, una esbelta joven morena de ojos verdosos,
comentaba:
—Mira qué collar me ha comprado mi esposo. —Y mostraba
un enorme collar formado por una serie de piedras preciosas,
esmeraldas, ágatas, ópalos, etc., engarzadas en una
cadena de oro, con ramificaciones colgantes en el mismo material.
Su interlocutora, Mellona, otra joven de edad parecida,
morena también y algo más gruesa de cintura, dijo:
—Es muy bonito y te sienta muy bien; yo también estreno,
mira. —Y diciendo esto le enseñaba la pulsera de oro macizo
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Ramon Montanyà i Maluquer
que llevaba, repujado con figuras de leones recorriendo todo
su perfil.
—Magnífico y muy elegante, sí —repuso Adriana y acto
seguido reprendió a una esclava porque le había arañado un
poco la piel de la pierna al depilarla—: Estúpida, vigila lo que
haces o mandaré que te azoten.
—Perdón, mi ama, ten piedad de mí —repuso la desgraciada
esclava con cara de pánico. Era una eslava capturada
en alguna de las escaramuzas en la Dacia y llevaba tiempo al
servicio de las termas.
La tal Adriana ni se dignó a contestarle; no era más que
una esclava; siguió su charla con su amiga, como si solo hubiera
espantado una mosca y dijo:
—A mí lo que me gusta es el pectoral que llevas de vez en
cuando.
—¿Cuál, el de las piedras preciosas? —contestó Mellona.
—Sí, ese mismo, el que tiene todo de piedras buenas enganchadas:
ágatas, esmeraldas, zafiros, granates y topacios
—repuso Adriana.
Mellona comentó:
—Me lo regaló mi padre cuando se jubiló del ejército. Era
centurión y le dieron una buena paga, además de un terreno
en Hispania, el que vendió porque no quería marcharse de
Ostia; con ello tuvo un dinero extra para gastar. A mi hermano
le compró un precioso alazán, con su pelo rojizo y blanco
de lo más caro; y a mi madre dos esclavos nubios nuevos.
—Y añadió—: A mí los caballos me dan miedo desde que de

pequeña me caí de aquel negro; mi padre lo hizo matar y me
dio mucha lástima.
Y dijo Adriana:
—Los hombres son muy crueles con los animales, nunca
lo he entendido del todo; les debe parecer que así son más
viriles, no sé.
Mellona contestó:
—Sí, es cierto, se sienten más hombres porque tienen el
dominio total sobre el animal y no hay manera de convencerles,
no tienen arreglo los pobres.
Y las dos rieron. El tema masculino siempre acababa así,
con algún comentario irónico y cierta chanza.
Y dijo Adriana:
—Es que son como niños, les das cualquier juguete y ya
están contentos; y cuando se ponen rabiosos les sigues la corriente
y eso les encanta a los muy estúpidos.
Mellona dijo:
—Es verdad, qué tontos son, pero lo buenos que están,
ahora que no nos oyen.
Nuevamente rieron las dos, esta vez a carcajadas.
Mellona dijo:
—Pues a mí me encantan los pendientes que llevas casi
siempre, tan bonitos como son, grandes como debe ser y con
esos aros con gotas y lágrimas colgando; y también las figuritas
de elefantes y jirafas que llevan. Además tienen un
colorido perfecto y hacen unos reflejos fantásticos.
Contestó Adriana:
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Ramon Montanyà i Maluquer
—Sí, a mí también me gustan mucho y por eso me los
pongo casi siempre. —Y añadió—: Esta tarde podemos salir
a dar una vuelta, si te parece, e ir al mercado a mirar por las
tabernas.
—Perfecto, así a lo mejor encontramos alguna cosa que
valga la pena coger —repuso Mellona.
Y así pasaron el resto de la mañana, entre charla y críticas
insulsas para soportar su aburrimiento innato e inevitable,
dado su ritmo de vida y el papel que jugaban en esa sociedad.
A media tarde encontramos a nuestras dos conocidas,
Adriana y Mellona, en un taller de un artesano, un orfebre;
el vendedor se afanaba en mostrarles lo más exquisito de su
producción y ellas lo miraban todo con gran interés.
Adriana dijo:
—Quiero probarme estos pendientes.
—Naturalmente, señora, si me permite mi criada le ayudará
a quitarse los que lleva y a ponérselos; verá que le sientan
muy bien; son de oro de buena calidad y las piedras que
llevan engarzadas son de lo mejor que hay.
Dicho y hecho, una criada-esclava atendió a la señora
mientras Mellona era servida por otra ayudante del orfebre
para ponerse un gran collar con varias vueltas, con cadena
de oro y lleno de piedras preciosas; llevaba además una serie
de cadenas colgantes por lo que más que un collar parecía un
pectoral.
—¿Qué tal me queda? —preguntó Mellona.
Y Adriana le dijo:

SUEÑOS DE EUFRONIO, UN PROXENETA BAJOIMPERIAL
—Está bien, pero quizá un poco pequeño.
No era verdad, pero ya se sabe, la rivalidad entre amigas
o amigos…
Mellona tenía los pechos más bien pequeños y la joya los
hacía parecer aún menores de lo que eran.
Y dijo Mellona:
—Tus pendientes en cambio están muy bien.
Cuestión de gustos, pero la cara de Adriana no era precisamente
muy adecuada para ese tipo de pendiente, que le
daba un aspecto un poco raro, con unas mejillas tan huesudas
como tenía.
Repuso Adriana:
—¿Tú crees?
El joyero les iba enseñando las maravillas que tenía a la
venta:
—Miren, señoras, este brazalete de oro en forma de serpiente
y colocado en espiral; los ojos del animal son dos pequeños
rubís tan reales que parecen tener vida. —Y siguió—: O esta
bulla, hecha con un áureo engastado en plata y con unas trenzas
colgantes en el mismo metal para proteger a vuestros hijos
de los malos augurios. Y estos acus crinalis, agujas para el
pelo, unos de bronce y otros tallados en hueso, con cabeza de
animal; se puede escoger, un león, un elefante, un toro…
»El oro es el de mejor calidad; proviene de Hispania, rica
en ese metal precioso; las piedras preciosas me las traen del
Lejano Oriente, de muy lejos de aquí; y el marfil de África, la
tierra exótica del sur.
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Uno de los centros mineros más importantes del Imperio
romano, quizás el que más, fue Hispania; en la Península
Ibérica se explotaron hasta ochenta y tres minas distintas; los
materiales que se extraían eran oro, plata, cobre y mármol;
incluso inventaron un sistema para ir más rápido, que consistía
en cavar unos largos túneles y pozos, todos ellos sin salida
dentro de una montaña.
A continuación se llenaban de agua y la presión de esta reventaba
la montaña, que se partía por la mitad y al derrumbarse de
golpe mataba a todos los hombres que se encontraban trabajando
en ella; pero la mano de obra barata, esclavos, les sobraba; ese
era uno de los «beneficios» de tantas guerras como comenzaron
ellos; la mina más famosa era la de Las Médulas, situada en el
Bierzo, León; en ella se extraía el mejor oro del imperio, según
cuentan distintos autores antiguos como Plinio el Viejo.
Y así discurrió la tarde de las dos jóvenes patricias.
Las tabernas era el nombre que daban los romanos a las
tiendas, no solo las del Foro sino en general. Eran pequeños
comercios donde se vendía todo tipo de productos al por menor.
Se instalaban normalmente en la planta baja de las casas,
con entrada independiente y fachada a la calle y acostumbraban
a tener delante, sobre la puerta, el consabido cartel
anunciando la especialidad de ese establecimiento; carteles
que tenían un dibujo alusivo y a veces solo el rótulo indicando
el tipo de comercio que era.
A veces sorprende la gran similitud que la vida de los romanos
tenía con respecto a nosotros. Para ver modelos bien conservados

puede irse a Herculano, a Pompeya y a Ostia Antica por ejemplo;
en estos yacimientos arqueológicos se han conservado muy bien
estas dependencias y son perfectamente visitables.
Pompeya era una de las villas de recreo de los patricios; no
muy grande, venía a ser para Roma como la Itálica para Híspalis
(Sevilla) de Hispania; muy lujosa en sus edificaciones y
en sus calles y tenía teatro, circo, etc.
Lo ideal para la clase privilegiada; pero una erupción del
volcán Vesubio, justo al lado, el año 79, hizo que quedara
sepultada por las emanaciones de lava y rocas; y en Herculano,
en la misma erupción, lo que cayó sobre todo fueron cenizas
y material ígneo. La desgracia de aquella gente supuso
la conservación para el futuro de estas ciudades, que ahora
pueden ser estudiadas hasta el mínimo detalle.
Por esto hoy día la mejor conservada es Herculano, bastante
mejor que Pompeya; de todos modos ambas tienen un
estado que permite hacerse una idea muy exacta de cómo
eran estas ciudades.
Con casas de dos pisos, pavimentos musivos (de mosaico),
pinturas en las paredes, estucos en relieve, patios, ninfeos
(fuentes) y con todas las comodidades, todo el confort
de Roma, pero con un tamaño urbano mucho más humano;
fueron las segundas residencias de muchos romanos acaudalados;
una vez destruidas jamás se volvieron a reconstruir y
por ello actualmente las podemos visitar y conocer a fondo.
Realmente les quedaba además mucho tiempo libre a
los patricios y lo dedicaban frecuentemente a visitar ciertos
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Ramon Montanyà i Maluquer
locales como los que regentaba nuestro proxeneta de lujo; en
ellos podían disfrutar de los servicios y atenciones de jóvenes
de distinto sexo, según gustos.
—Ya sabes, Lupérculo, que de vez en cuando monto en
mi casa principal, esta en la que estamos ahora, espectáculos
especiales en los que también se hacen exhibiciones con
animales
—Sí, lo sé —contestó el aludido, uno de sus clientes favoritos.
Era esta una costumbre muy antigua, heredada como tantas
otras del mundo griego, que a su vez tomó de Egipto y el
Próximo Oriente.
Las aficiones patricias acostumbraban a ser bastante inconfesables
a ojos de nuestros tiempos. Con todo, cabe considerar
que los conceptos de pureza, de castidad, de honradez
sexual, de monogamia y el pudor ante la propia desnudez
actuales son creaciones culturales de nuevo cuño, comparativamente
hablando.
Elaboradas estas nuevas ideas por el mundo judeocristiano
desde los primeros siglos de nuestra era y principalmente
entre el IV y el VI: las iglesias de estas tendencias fueron
conformando un tipo de moral distinto del que había regido
durante milenios en la historia de la humanidad.
En las termas se podían escuchar conversaciones como
esta entre dos clientes anónimos:
—¿Tú has ido a Ostia alguna vez?
—Pues no, no se me ha perdido nada allí, está muy lejos.

SUEÑOS DE EUFRONIO, UN PROXENETA BAJOIMPERIAL
—Nada de eso, en un día te plantas allí como si nada,
tranquilamente, con los carros y vuelves al día siguiente.
—¿Y qué?
—Pues que es una ciudad fabulosa, cada vez más grande
y tiene un puerto muy importante que es el que tenemos más
cerca.
—¿Y qué tiene esa ciudad además?
Realmente el cacumen de este individuo dejaba bastante
que desear; iba repitiendo su frase favorita.
—Pues mira, además tiene unos jardines muy amplios y
bonitos, un teatro fantástico, pequeño, pero muy bien diseñado,
ya sabes.
—¿Y qué tiene eso de extraordinario?
—Pues mira, que me gusta mucho.
—¿Y qué?
—Pues mira, si no fueras tan burro, te diría que allí se está
muy bien porque su clima es estupendo.
Antes de que el otro dijera su «¿y qué?» correspondiente,
el que hablaba de Ostia, el puerto de Roma, se marchó y lo
dejó plantado en el tepidarium. E iba murmurando: «¿Será
idiota el tío este? Habrá que evitarlo en adelante, no tengo
ganas de perder el tiempo con semejante individuo».
Hizo que lo vistieran y se dirigió a la salida raudamente
sin saludar.
Recordemos que incluso la cultura paleocristiana conservaría
aún la tradición durante algunos siglos, pero en Oriente;
para comprobarlo hay que ver los mosaicos de los dos
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Ramon Montanyà i Maluquer
baptisterios de Ravenna, el arriano y el ortodoxo, de finales
del siglo V y principios del VI; unas construcciones de planta
central octogonal ornadas de mosaicos en los que Jesús aparece
representado totalmente desnudo; y sin ningún recato
para mostrar su miembro viril.
Esto, que según toda la tradición artística y religiosa grecorromana
era perfectamente cotidiano, siglos después sería
considerado por el cristianismo triunfante una herejía; y esta
sería la tendencia que a lo largo de la Edad Media y en adelante
primaría hasta la actualidad.
Desde Sumer, Acad, Babilonia en el Próximo Oriente; y desde
el antiguo Egipto; desde la antigua Grecia y el mundo romano,
el sentido del pudor fue cambiando; finalmente el emperador
Teodosio proclamó el cristianismo como religión oficial de
Roma; esto sucedía en el año 380 con el Edicto de Tesalónica.
A partir de aquí se había producido un cambio importante
sobre el tema sexual; la confesión cristiana tenía un
concepto distinto de todo ese mundo y era muy dictatorial y
represiva. En el mundo antiguo la prostitución y la homosexualidad
habían sido consideradas siempre como una parte
de la sociedad; quizá de bajo rango o algo no demasiado
elegante, pero no como algo pecaminoso, sino como unos
servicios, la primera; y como una variable sexual la segunda;
y ambas atendían necesidades sociales reales.
En ese aspecto se puede considerar que era una cuestión
llevada con más honradez y menos hipocresía que la que
muestran las sociedades actuales.

SUEÑOS DE EUFRONIO, UN PROXENETA BAJOIMPERIAL
Toda la documentación arqueológica lo demuestra, amén
de la literatura que conocemos; la manera de vestir nunca
fue tan pudibunda como a partir del Imperio romano. Los
primeros cambios en este sentido los tenemos reconocibles
en la situación del siglo I, cuando el Senado romano intentó
prohibir el uso de la seda; y esto porque algunas personas
consideraban que el tejido de ese material era un producto
pecaminoso, demasiado fino, demasiado sutil y demasiado
transparente.
Y volviendo a los dos baptisterios de Ravenna, podemos
comentar el hecho de que los primitivos cristianos, una vez
en el poder, habían heredado una mezcla de elementos simbólicos
de otras religiones además de la suya; en los dos edificios
bautismales, en el mismo mosaico y junto a Jesús, aparece
la figura de un hombre mayor, con barba, que representa
al río Jordán; el lugar donde según la tradición cristiana fue
bautizado el fundador del cristianismo.
Y esta manera de representar un río como si fuera una
persona o un dios, es algo que se heredó de culturas mucho
más antiguas; y tiene un directo antecedente en las figuraciones
del río Nilo, el considerado padre de los ríos en la
literatura clásica oriental y grecorromana. En realidad todo
el mundo cristiano está lleno de una simbología precristiana
muy digna de mayor estudio; pero eso ya es otra historia…
En la Curia Iulia había sesión del Senado; era una institución
en la que la media de edad de sus miembros era elevada;
de ahí el nombre, relacionado con senectus, viejo, senil; en
33
Ramon Montanyà i Maluquer
ese momento un senador de avanzada edad, más que la media
de esa institución, estaba diciendo:
—Todos los dioses se avergüenzan del bochorno que producen
esas mujeres que visten esas ropas funestas; funestas porque
inducen al hombre a pecar, al adulterio; debemos prohibir su
uso y todos los maridos y los pater familias deberían imponerse
en sus respectivas mansiones para impedir que sus mujeres,
esposas, hermanas e hijas, se vistan con tales telas extranjeras,
venidas de los árboles del pecado y de las arañas lascivas.
Se oyó un rumor de voces en la sala. Otro senador, más joven,
pidió la palabra: —Nada de lo que dices es cierto; hablas
por tu mala experiencia familiar, pero no debes generalizar;
no te cierres al progreso.
Era evidente que estas palabras medio escondían una vieja
rencilla entre familias; intervino otro magistrado para calmar
la situación, que estaba tomando tintes de violencia verbal:
—Dejémonos de reproches y atengámonos al respeto que
nos debemos mutuamente por las togas que lucimos con los
bordes púrpura; este color, como todos sabéis, implica la dignidad
de quienes lo llevan; por tanto, discutid con calma y
mesura y procurar no elevar los tonos en demasía.
Entonces intervino otro:
—No sé por qué no podemos dejar que nuestras mujeres
luzcan sus cuerpos engalanados con ese maravilloso tejido;
así todo el mundo puede ver que nos casamos con unas mujeres
elegantes y bellas.
Un último dijo:

—Esa es tu opinión, pero no consideras el mal que puedes
hacer con tu actitud; la seda es pecaminosa, sin duda.
Era una discusión que venía de muy lejos, de siglos.
Los romanos del siglo I tenían un problema con la seda;
muchos de ellos pensaban que era un tipo de tejido impuro,
porque era demasiado transparente: El mismo Séneca, el
gran político y orador de aquel momento, escribió:
Puedo ver los vestidos de seda; si los materiales no ocultan
el cuerpo ni siquiera la propia decencia, no se pueden
llamar ropa (…) Desdichados grupos de criadas trabajan
para que las adúlteras puedan ser visibles a través de sus
finos vestidos; para que su marido no tenga mayor conocimiento
sobre el cuerpo de su mujer que cualquier extranjero
o forastero.
Puritanismo romano en toda regla. Frente a él se alzaban
las viejas costumbres, ancestrales, que muchos romanos poderosos
no estaban dispuestos a abandonar; y ciertas prácticas
sexuales eran una parte importante de su ocio desde
siempre. El Senado se ocupó de ello en varias ocasiones a lo
largo de los siglos siguientes.
Pero había otro motivo para intentar desechar el uso de
la seda: las salidas de oro que provocaba su compra, que se
hacía en la costa oriental del Mediterráneo; era un material
que venía de la lejana China y cuyo secreto solo conocían los
chinos; resultaba por tanto muy caro.
35
Ramon Montanyà i Maluquer
Hay que recordar que los romanos desconocían, en efecto,
de qué manera se producía la seda; creían que se obtenía
de los árboles. Autores como Virgilio, Séneca o Plinio el Viejo
estaban convencidos de esto. Plinio el Viejo escribió: «Tejen
telarañas, como arañas, que se convierten en un material de
ropa lujoso para mujeres, llamado seda».
Tiempo después, el mismo autor escribía:
La larva de la bombyx entonces se convierte en oruga,
después se vuelve bombylis y luego necydalus; después, en
seis meses, se convierte en gusano de seda. Estos insectos
tejen redes parecidas a las de la araña, el material que se
usa para hacer las prendas más caras y lujosas de las mujeres,
conocidas como bombycina.
Y seguía:
Panfila, una mujer de Cos, hija de Platea, fue la primera persona
que descubrió el arte de hilar estas redes y tejer una ropa
con aquel material; de hecho, ella no debe ser privada de la
gloria de haber descubierto el arte de hacer vestidos que revelan
los encantos de una mujer al mismo tiempo que la cubren.
El Senado, demostrando para lo que servía, seguía la misma
discusión que empezó en el siglo I, pero estaban ya en el
tercero y continuaban igual; había defensores y detractores
de un tipo de tejido revolucionario, la seda.

Que se había convertido, naturalmente, en un artículo de lujo
y por lo tanto muy caro; el tema económico era muy importante
y aún más en aquella época de crisis. Claro que la discusión subsistió
al imperio y se mantuvo muchos siglos más, llegando a ser
parte de la causa de que se declararan una serie de guerras, las
Cruzadas, pero eso también es tema para otra historia…
Las chicas parecían embelesadas con la historia que estaba
narrando Eufronio; todas iban vestidas con finas túnicas
de seda cortas, descalzas y lucían hermosas joyas de oro,
plata y piedras preciosas; grandes pendientes que llegaban
casi a tapar media mejilla, pectorales magníficos con cadenas
colgantes, pulseras compuestas de varios aros, torques en los
tobillos y brazaletes de oro macizo.
—Bueno, ahora os voy a contar otra historia si no os cansáis
—Tú no puedes cansarnos, mi amo —dijo una de las chicas;
si tenía doble intención el comentario, eso no lo sabremos
nunca.
—Pues veréis, una vez estaba yo cazando leones en Mauritania,
era una tarde de mucho calor, allí siempre lo hace, el
sol según como te quema a través de la ropa…
—¡Oh!, sigue, sigue.
—… la bestia me vio y se preparó para saltar sobre mí…
—Aquí el orador había hecho una pequeña pausa para comprobar
el efecto que causaba en su benigno y fiel público—
Sigo, tenía yo el carcaj lleno de flechas y una de ellas puesta
en el arco a punto de disparar; lo hice, disparé.
37
Ramon Montanyà i Maluquer
—¿Y qué? ¿Le diste? —preguntó una de ellas.
—Sí, pero solo lo herí y se enfadó mucho y se abalanzó
sobre mí; no tuve tiempo de disparar otra vez…
—¡Oh, no! —exclamaron casi al unísono.
—… debía pensar rápido; con un animal tan grande y tan
fuerte un puñal no sirve para nada si no está caído en el suelo
—¿Y qué hiciste entonces? —dijo una de la chicas.
—Eché a correr hacia un árbol grueso que había allí cerca;
le llaman baobá los de allí.
—¿Te subiste a él?
—Sí, claro, trepé como un gato; entonces no tenía esta
barriga, desde luego.
Todas le dirigieron miradas de comprensión; querían
que supiese que no lo despreciaban por ser barrigudo;
en realidad lo hacían por muchas otras cosas, como por
ejemplo cuando las manoseaba con sus torpes y regordetas
manos; o cuando se empeñaba en besarlas y tenían que dejarle
hacer; y en cuanto a otras cosas, mejor no hablar… Su
cuerpo sudoroso y resbaladizo era realmente insoportable
para ellas.
—¿Y qué pasó después?
—Pues pasó que el animal aquel se tumbó a esperar que
bajara.
—¡Ah! ¿Y después?
—Al cabo de un rato se durmió y entonces bajé y lo degollé.
—Eres fantástico —dijo una.

—Maravilloso —dijo otra.
—Me gusta como explicas las cosas —añadió una tercera.
—Eres mi amor —Aun explicó otra y le dio un sonoro
beso en la mejilla.
Entonces Eufronio dio órdenes:
—Que traigan mi bañera y que me la preparen que quiero
bañarme ahora.
—Sí, amo —repuso un esclavo que estaba allí cerca de
guardia.
A los pocos minutos entraban seis hombres portando, no
sin esfuerzo, una gran bañera, pieza única, en lujoso mármol
procedente de las famosas canteras de Carrara.
Situadas más al Norte que Roma, estas instalaciones
hoy día siguen activamente en uso; de hecho, los romanos
una de sus cualidades era que tenían un alto sentido de la
práctica: eran hábiles constructores que imitaron y mejoraron
el arte de la arquitectura egipcia; y lo mismo sucedió
con el arte de la cantería, con mejores herramientas que
los helenos.
Muchos edificios, no solo de época romana sino también
en el Renacimiento, por encargo de los papas y de los príncipes
de esa época, fueron hechos con mármol de Carrara;
pero esa historia no toca aquí ahora…
Volvamos a nuestro relato, con el amo, Eufronio, a punto
de bañarse en su lujosa bañera de una pieza; cogido del brazo
por dos de sus chicas, entró en el agua y se instaló bien sentado
a punto para empezar otra historia:
39
Ramon Montanyà i Maluquer
—¿Qué queréis que os cuente ahora? —preguntó.
—Una de tu primera mujer —dijo una, insolente.
—¿Si? ¿de veras? Pues de acuerdo, os contaré cuál fue mi
primer amor.
—¿Fue la señora Alba? —dijo la misma chica.
—Pues no —repuso Eufronio—, Alba en realidad fue mi
segunda esposa a la que idolatré de una manera indecible;
bebía yo los vientos por ella; ya la recordaréis, claro; era una
mujer muy bella, alta, bien proporcionada, ya sabéis; y además
era lista, sabía lo que quería.
—Es verdad, la recuerdo muy bien; era muy buena señora;
lástima que muriese tan joven. —La que hablaba era siempre
la misma, de momento.
—Quiero que le hagan una estatua, para ello tenemos su
máscara mortuoria y el resto del cuerpo es fácil reconstruirlo
aproximadamente; quiero ponerla aquí, en medio del peristilo
y junto al ninfeo.
—Muy bien, perfecto —exclamaron casi a coro todas; su
antigua ama era muy querida y recordada.
—Mandad venir a un buen escultor, pero quiero que sea
alguien realmente bueno, no quiero cualquier chapucero.
¿De acuerdo, Antonio?
El tal Antonio era un poco el factotum de Eufronio; valía
para todo.
—Tus deseos serán cumplidos, amo; haremos venir al mejor
de Roma.
—Muy bien.

El agua de la bañera se estaba enfriando.
—¡Poned más agua caliente, estúpidos! —dijo dirigiéndose
a dos esclavos del rincón; éstos corrieron a servirle y enseguida
vinieron con unos baldes, dos cada uno, bien llenos de
agua humeante—. ¡Tan caliente no, idiota, mézclala un poco!
— exclamó el amo.
Las muchachas, mientras, permanecían igual, acariciándolo,
enjabonándolo y en suma, mimándolo.
—No te enfades, mi amo, que te saldrán arrugas —decía
una de ellas cariñosamente; y por dentro pensaba: «¡Ojalá te
quemes, viejo carcamal!».
—Bien, ¿de qué hablamos ahora?
—Quedará muy bien la estatua de la señora, ya veréis; el
ninfeo le gustaba mucho; siempre lo miraba con cariño —
dijo la que hablaba más del grupo.
—Es verdad, cierto —contestó Eufronio y añadió—: Se la
echa mucho de menos.
Nótese aquí el desprecio absoluto de Eufronio por los sentimientos
de las esclavas, que por eso no eran más que eso,
objetos privados de su propiedad.
Aquí intervino una que normalmente hablaba poco:
—Recuerdo que un día se le cayó un anillo en el estanque
y ella se puso a llorar de pena; nos costó mucho recuperarlo
porque estaba todo lleno de plantas nenúfares y había mucha
vegetación en ese agua.
Y Eufronio dijo:
—Sí, lo recuerdo, menos mal que la ayudasteis.
41
Ramon Montanyà i Maluquer
Qué raro, por lo poco frecuente, nuestro hombre mostrando
agradecimiento públicamente a unas esclavas. Y añadió:
—Así es nuestra vida, tenemos todo un tejido de recuerdos
adquiridos a lo largo de la existencia, unos son buenos y agradables,
mientras que otros son trágicos y muy desagradables.
—¡Hablas con certeza, mi amo! —exclamó con vehemencia
la más charlatana del grupo; cualquiera que la viera y
oyera diría que estaba algo enamorada de él; pero nada más
lejos de la realidad; la verdad es que disimulaba muy bien,
representaba una obra teatral para ganarse la vida, porque
era inteligente.
Eufronio a veces se ponía a filosofar y soltaba frases como
la anterior y la que sigue:
—Al fin y al cabo ¿qué es la vida? Vienes al mundo y te vas
en un suspiro; no tienes tiempo de saborear el gusto de vivir;
te mueres antes de eso.
Una de las chicas le dijo:
—Hablas de manera muy sabia, mi amo.
—Porque he vivido mucho y la vida me ha enseñado a
vivir —repuso él filosóficamente; una filosofía barata, pero
filosofía al fin y al cabo.
Y siguió diciendo: »Mañana quiero dar un paseo por las
viñas, ahora que están con la uva a medio crecer. ¿Os habéis
fijado en los reflejos que tienen los pámpanos con la luz temprana
de la mañana?
Para ese tipo de cosas estaban unas chicas que no habían
tenido prácticamente ni infancia, que fueron siempre objetos y

no personas; para contemplar unos viñedos que nunca serían
suyos; de cada cien mil de ellas, una sería elegida para prosperar
a pesar de su condición; y eso a base de mucha suerte.
Estaban destinadas a lo que estaban; sabían que sus días
futuros, si es que los había, no serían mejores; acostumbraban
a resignarse con su suerte, qué remedio; pero no se podía
esperar de ellas tampoco lo imposible; podían aparentar estar
contentas, porque les iba el pellejo en ello, pero por dentro
tenían una especie de tristeza congénita, algo heredado,
porque sus padres, sus abuelos, etc., muchas veces habían
sido lo mismo que ellas: esclavos.
Un golpe de suerte en la vida era caer en manos de un
buen amo o de una buena señora; como amo, Eufronio era
duro pero también generoso, siempre manteniendo la debida
distancia de clase; él había nacido en la calle y había sido
esclavo.
Pero al lograr la libertad y convertirse a su vez en amo, se
empeñó en mantener su estatus a base de mostrar una rigidez
en el trato con sus subordinados; su paso por el ejército, durante
más de quince años, le enseñó también el mundo de la
disciplina, las reglas y la clase social.
Como soldado eran los galones los que mandaban y no la
habilidad ni la inteligencia; lo que sí se valoraba era el valor
militar y la destreza en la lucha; esa era precisamente la clave
para hacer carrera en el mundo castrense; Eufronio lo aprendió
en seguida. Y por todo eso se le podía considerar un buen
amo, sobre todo teniendo en cuenta el material que había.
43
Ramon Montanyà i Maluquer
En cuanto a la señora, ella era de familia pudiente, por tanto
había recibido una educación exquisita de patricia y reunía una
serie de cualidades como la belleza, la inteligencia y la compasión;
cosa esta última muy rara, poco frecuente en su clase que
normalmente menospreciaba a la servidumbre en general; por
eso su padre se encolerizó tanto cuando supo de quién se había
enamorado su hija: «¿Un esclavo soldado? ¡Nunca, nunca será
yerno mío! ¡Por Júpiter y Minerva!», exclamó. Por fortuna la
pareja pudo huir y zafarse de semejante animal.
Y sí, Alba fue una gran señora para su servidumbre, los
criados y los esclavos; y la recordaban con todo el cariño con
que se podía recordar a un ama; porque ella había sido una
persona especial y una buena ama.
Acabado el baño, la mesa estaba servida con los más exquisitos
manjares: había todo tipo de carnes, de caza y de
granja; verduras, pocas; pulpo, langostinos, pez espada y calamares;
todo ello podía regarse con garum (una especie de
salazón de pescado) de Carthago y vino con miel griego; este
último se había puesto de moda últimamente y a Eufronio le
agradaba especialmente. También había un extenso surtido
de fruta; uvas, higos, manzanas, peras, fresas…
Se instaló en el triclinio (especie de sofá-cama) e hizo que
le acompañaran sus chicas; esta era una deferencia que tenía
para con ellas y ellas lo agradecían, porque al menos podían
matar el apetito que llevaban siempre atrasado.
Una vez habían acabado y mientras unos esclavos retiraban
el servicio, el grupo reanudó la charla allí mismo:

—Amo, ¿podrías explicarnos lo que hiciste en el ejército?
—preguntó una de ellas.
—Luchar —respondió él.
Risas contenidas del grupito.
—Sí, claro, pero aparte de eso; seguro que debió pasar
alguna aventura interesante; en el ejército he oído decir que
siempre pasan cosas —dijo otra.
—Sí, bueno, claro, por ejemplo teníamos una mascota y se
nos escapó —respondió Eufronio.
—¿Qué es una mascota? —dijeron todas a la vez.
—Una mascota es… ¿cómo os lo diría? Como un esclavo
pero en animal —dijo Eufronio; pero ellas no lo entendían—.
Sí, hombre, sí; es tener un animal en casa, que vive contigo.
—¿Cómo los de la granja, con un establo en la casa? —
preguntó una.
—Algo así; son animales que te gustan y los llevas contigo
siempre; como un perro, por ejemplo —repuso Eufronio.
—Pero los perros viven solos, van sueltos por ahí —dijo
la misma.
—Pero la mascota vive contigo, no suelta —dijo él, un
poco molesto ya; se impacientaba al ver lo estúpidas que,
según él, eran estas chicas que no entendían nada.
—Bueno, es igual, o sea que una mascota es un animal que
vive con las personas que lo tienen, ¿no? —dijo al final una.
—¡Eso mismo! ¡Exactamente! —dijo él aliviado.
—Bueno, pues cuéntanos qué pasó, amo, sé paciente con
nosotras.
45
Ramon Montanyà i Maluquer
—De acuerdo, ya os he dicho que se escapó y nos pusimos
tristes; y empezamos a buscarlo, era un perro grande y muy
listo —contó él.
—¿Grande y listo? ¿Era un perro de caza? —preguntó una.
—Sí, eso mismo —repuso él—. Se escapó del campamento
una noche; y eso que el campamento era como todos, muy
grande; tenía una empalizada todo alrededor y cuatro puertas,
una en cada lado; eso era para poder salir rápido en caso
de necesidad, para defenderse y para atacar —dijo.
—¡Qué emocionante! —soltó una de ellas.
—Sí y además por fuera, todo alrededor, había un foso,
para hacer más difícil un ataque del exterior.
—¿Y qué pasó con la mascota? —preguntó una, curiosa.
—Pues pasó que la estuvimos buscando hasta que…
De pronto y en el momento más álgido del relato, comenzaron
a oírse unos gritos y unos golpes muy fuertes en
la estancia de al lado; al momento el relato se interrumpió;
durante unos segundos se hizo el silencio en la estancia. Un
silencio que ninguno de los presentes se atrevió a interrumpir.
—… ¿qué pasa? —exclamó entonces Eufronio.
Repentinamente se abrió la cortina que daba acceso al recinto
donde estaban y entraron en tropel unos hombres que se
lanzaron contra los presentes sin perder un segundo. Agarraron
a las mujeres y empezaron a abusar de ellas allí mismo.
El dueño de la mansio, Eufronio, alarmado pero no asustado,
les conminó a que dejaran su actitud y los amenazó con
su guardia personal:

—¡A mí, guardias!, ¡Antonio, ayuda!
Ellos se mofaron en su misma cara y uno de ellos, el que
parecía llevar la voz cantante, dijo:
—Ha huido como el resto de tus sirvientes.
Al oír esto el amo palideció, estaba acorralado y acababa
de descubrirlo; las chicas gritaban acusando el maltrato
de que eran víctimas; a continuación las degollaron a todas,
dejando grandes charcos de sangre por todo el suelo de mármol.
Aquellas jóvenes llenas de vida hacía solo unos minutos
yacían sin vida en aquel piso, sobre unos charcos de sangre
que se iban ampliando rápidamente.
Ahora se dirá: «¿Qué mal habían hecho esas pobres chicas?
Eran esclavas, no eran patricias precisamente; pero en
las revueltas, sean del signo que sean, siempre pasan estas
cosas por desgracia; errare humanum est, traducción libre
“el hombre es estúpido e injusto”».
Eufronio era un amo muy despótico y todo el mundo lo
odiaba. Y en un momento en que los emperadores duraban
poco tiempo en el poder, la agitación político-social del momento
provocaba frecuentes situaciones como esta. Muchos
patricios fueron asesinados en aquellos tiempos por sus mismos
criados, que aprovechaban el momento de revueltas para
rebelarse y huir; o en ocasiones ni eso; simplemente se instalaban
en la vivienda de los amos y durante unos días o unas
semanas disfrutaban de la vida que nunca habían tenido.
Cogido por sorpresa, al verlos entrar en su despacho, el
tablinum, su pensamiento se va tiempo atrás y le afloran
47
Ramon Montanyà i Maluquer
ideas, diversos pensamientos, diversos recuerdos de su vida
pasada, que desfilan delante suyo en cuestión de segundos.
Se acuerda entonces de una situación muy grave, de la que
salió vivo porque la fortuna hizo que lo dejaran por muerto
y fue hallado días más tarde por una patrulla y llevado al
campamento, donde fue atendido adecuadamente.
Recuerda aquella vez que se encontraba formando parte
de una patrulla de reconocimiento en Britania; avanzaban
en medio de aquel denso bosque, temiendo en cualquier momento
una emboscada del temible enemigo, famoso por su
encarnizamiento y su falta de piedad; de ellos se decía que se
dedicaban a torturar a los que capturaban, sin ningún miramiento
por su sufrimiento; que les encantaba precisamente
eso, ver sufrir a sus prisioneros antes de matarlos lentamente.
Eran los llamados pictos, unas gentes que para dar más terror
al adversario se tatuaban el cuerpo en color azul.
En realidad él no sabía si eso que se contaba de los britanos
era cierto o una simple exageración. Eso sí, iban todos
con cincuenta ojos aunque eran solo diez hombres; bien armados,
bien entrenados y bregados en muchas luchas cuerpo
a cuerpo; y señal de que no lo debían de hacer mal era
precisamente el hecho de que siguieran vivos, solo con algún
miembro de sus cuerpos perdido.
Nuestro personaje siempre quería demostrar su valor y
por ello decidió ponerse él mismo al frente de esa pequeña
patrulla que recorrería aquel tramo de bosque para detectar
la presencia de posibles enemigos; por ello era muy valorado

por sus hombres, que le eran fieles en todo momento y que
incluso se dejarían matar sin dudarlo para defenderle.
Eufronio, como prefecto que era, llevaba como siempre
toda su indumentaria, es decir, la galea, un casco metálico
con un gran penacho, la crista transversa; la lorica hamata,
una armadura del mismo material en cota de malla; también
las defensas de las piernas, las grebas; una túnica corta y un
balteus, un cinturón ancho que servía para sujetar las armas
como la espada, el gladium, de hoja ancha y corta con doble
filo; unos braccae, pantalones y unas caligae, las sandalias
con una suela gruesa y claveteada para soportar el peso del
legionario; un loculus, una especie de cartera de cuero donde
llevaba sus pertenencias de pertrecho personal y un bastón
de mando que podía ser una vara de vid, el vitis. Y como
colofón el escutum, un gran escudo entre oblongo y semicilíndrico.
Toda una impedimenta muy pesada pero necesaria, porque
en aquel territorio el invierno que se aproximaba era muy
duro en ese clima inhóspito y había que llevar ropa de abrigo
de recambio. En total unos diez kilos, más treinta y cuatro de
las armas. Realmente no queda muy claro cómo unos soldados
pertrechados de ese modo podían luchar como lo hicieron
siempre y cómo se convirtieron en el mejor ejército del
mundo conocido en Occidente. Por cierto, el equipamiento
completo de campaña que llevan los soldados actuales puede
pesar entre treinta y más de cincuenta kilogramos, según el
país y la climatología; pero eso es un tema para otra ocasión.
49
Ramon Montanyà i Maluquer
Llevaban un buen trecho andando sin parar y Eufronio,
que naturalmente estaba al mando, dio la orden de hacer una
pequeña parada para descansar antes de seguir adelante.
Eso hicieron, instalándose en un pequeño claro del bosque,
sentándose todos menos uno que quedó en pie. Ninguno
de ellos se durmió en seguida aunque estaban ya agotados. El
miedo les hacía no dejar de mirar a su alrededor, esperando
ver aparecer a esos individuos tan peligrosos como feroces.
A los diez minutos el de guardia fue substituido por un compañero
y el sueño los venció a todos, incluido el que debía
vigilar.
No tardaron mucho en surgir de la espesura un grupo de
pictos, grandes, corpulentos, todos con largas melenas y crecidas
barbas, de ahí el que los romanos los denominaran así:
barbari, barbudos, y armados con espadas y mazas, cogieron
por sorpresa a la patrulla romana.
Cada legionario fue atacado por dos o tres hombres, que
repartieron mandobles y mazazos a diestro y siniestro; los romanos
casi no tuvieron oportunidad de reaccionar, pillados
en su profundo sueño.
Uno de los asaltantes le dio un fuerte golpe en la cabeza a
Eufronio; este perdió el sentido y se desplomó, no sin antes
pensar en lo bien que vivía en Roma cuando tenía sus lupanares
bien organizados y dándole grandes beneficios…
Los soldados de Roma, ya cadáveres, fueron despojados
de sus armas defensivas y ofensivas y de todo cuanto llevaban
que pudiera ser de utilidad. En total no habían pasado

SEGUIRÁ

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Publicado por ramonmontanyàimaluquer

Nacido en Madrid, 1947. Doctor en Filosofía y Letras, arqueólogo y escritor. Jubilado, ha ejercido de profesor en la UNED y es catedrático de secundaria. Actualmente vive en Ponts.

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