“SUEÑOS DE EUFRONIO, UN PROXENETA BAJOIMPERIAL”

Ramon Montanyà i Maluquer

Empieza a leer el libro con este pequeño fragmento gratuito:

SUEÑOS DE EUFRONIO,

UN PROXENETA

BAJOIMPERIAL

Ramon Montanyà i Maluquer

Este facsímil está tomado directamente del manuscrito original, antes de imprimirlo. Por ello podrá tener alguna variante en su forma, no en el fondo.

Capítulo I: Cuentos, sueños y cosas que pasan

Empieza la historia con Eufronio que está contando cosas de su vida a un grupo de chicas jóvenes que lo miran con admi­ración; no se sabe si esta es real o forzada, pero quizá habría que inclinarse por lo segundo.

Les estaba diciendo que una vez mató un león con sus ma­nos desnudas, retorciéndole el pescuezo: «Sí, entonces, cuando se me abalanzó, le pegué un tajo con la espada que le seccionó de golpe la garganta; cayó sobre mí y tuvieron que quitármelo de encima porque como pesaba tanto, había quedado yo me­dio atrapado debajo de ese enorme montón de carne».

Las chicas no paraban de lanzar grititos de emoción y de admiración. Si no se lo creían disimulaban muy bien.

En ellas se hallaba representada una gran variedad de los diferentes pueblos del imperio, desde la rubia nórdica de ojos azules, hasta la negra abisinia, pasando por la de tez morena y ojos marrones; e incluso una de ojos rasgados y tez amari­llenta, procedente del Lejano Oriente. Todas muy jóvenes y hermosísimas, desde luego.

En eso llegó un esclavo acompañado de dos mujeres de mediana edad; esbeltas y hermosas, aunque el paso de los años y los sufrimientos habían dejado huella en ellas. Al ins­tante se arrodillaron ante el amo suplicantes:

—Amo, ten piedad de nosotras, no nos abandones —de­cían a coro.

—Ya no servís ni para criadas. —Fue la respuesta de Eu­fronio. Y acto seguido ordenó—: Conducidlas fuera de mi casa y si insisten las matáis discretamente.

Su amo las retiraba pronto porque quería tener la mejor mercancía para sus clientes. Cuando eso pasaba, las desti­naba a otros servicios y cuando envejecían simplemente las hacía sacrificar.

Todas se habían acostado con él al menos una vez, porque este proxeneta quería probar la mercancía antes de ponerla a la venta. «No puedo ofrecer algo mediocre, porque perdería clientela; en Roma hay mucha competencia», decía siempre y tenía razón. «Debo ser astuto, porque en la urbs hay distin­tos personajes que se dedican a los mismos negocios que yo, con mayor o menor suerte; y el que no espabila pierde la ca­rrera del éxito, porque la buena fama ya se sabe que es muy difícil ganarla y muy fácil perderla, y quien cae en desgracia en este sentido ya se puede retirar de la compraventa de este material, porque no tiene futuro. Además, en este negocio un cliente satisfecho repite, vuelve; en cambio, si no queda contento del servicio recibido, ese no vuelve y además me dará mala fama; y mi clientela está escogida, solo admitimos a gente rica. De eso se encargan mis esclavos, bien alecciona­dos al respecto».

Una táctica que utilizaba Eufronio era hacer favores a al­gún colega que estuviera un poco apurado y cuando este se confiaba le pasaba la factura, que aquel no podía pagar:

—Tienes dos lunas, Mamercus, para pagarme lo que me debes, sino te denunciaré a los urbaniciani y ya sabes cómo actúan éstos, no se andan con chiquitas.

—Concédeme unas semanas más, Eufronio, por favor.

Y Eufronio contestaba siempre lo mismo:

—Nada, nada, los negocios son los negocios, ya sabes, espabila.

Entonces el de la bancarrota se veía obligado a cerrar el negocio y/o a traspasarlo; y rápidamente Eufronio se lo com­praba y lo cerraba. Si algún material le podía servir, lo utili­zaba y sino lo liquidaba todo; y liquidar significaba eliminar personas, matarlas, vaya; eso sí, él no se manchaba las manos nunca, para eso tenía secuaces incondicionales.

«No me conviene dejar cabos sueltos con gente quejándo­se de mí y de mi gestión a mis espaldas. Además si vivieran habría que alimentarlas; un gasto superfluo».

El narrador, nuestro protagonista, era un hombre de me­diana edad, bastante ajado y con evidente obesidad. Medita­ba un día, en un momento de pausa entre negocio y negocio, y se decía: «En mi vida ha habido de todo. Huérfano a muy tierna edad, de niño sobreviví difícilmente sin un domicilio fijo, hasta que un golpe de suerte hizo que fuera acogido por

Gratidia, una meretriz entrada en años y en carnes, que me llevó a su casa y me procuró un mejor futuro. Una vez en la casa de Gratidia fui “acondicionado”, o sea, desnudado, lavado, despiojado, etc., por dos esclavas morenas muy gua­pas: “La diosa fortuna te ha sonreído, chaval; nuestra ama es una de las personas más ricas de Roma —le dijo una de ellas—, tu futuro será benigno contigo”».

Y seguía pensando Eufronio: «Allí viví como criado ahi­jado en esa mansio durante unos diez años, el mejor período de mi vida —según pensaba él entonces— había pasado de la más absoluta y miserable indigencia a llevar una vida pareci­da a la de los ricos patricios.

»Además en aquel tiempo aprendí el oficio que me inte­resó en seguida porque veía que se ganaba mucho dinero; pronto la señora me fue cogiendo confianza y no se ocultaba cuando contaba monedas o cuando guardaba joyas, porque una parte importante de la clientela pagaba en especies, so­bre todo joyas.

»Cómo son las cosas; recuerdo que una vez…

CONTINUARÁ

Publicado por ramonmontanyàimaluquer

Nacido en Madrid, 1947. Doctor en Filosofía y Letras, arqueólogo y escritor. Jubilado, ha ejercido de profesor en la UNED y es catedrático de secundaria. Actualmente vive en Ponts.

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