Cocinar, una buena afición con tres utilidades: cuando se hace, cuando se fotografía para la colección y cuando se come

Entre mis numerosas aficiones hay una que es bastante especial. Yo siempre había cocinado porque considero que ese es trabajo de tod@s. Pero lo hacía como una obligación más.

Y cuál no sería mi sorpresa al descubrir que realmente yo tenía satisfacción cocinando; eso pasó cuando tenía unos cincuenta años; y a efectos prácticos, procuraba dedicar el fin de semana en parte a ello; llegaba el sábado o el domingo y me disponía a trabajar en la cocina.

Primero me dediqué a coleccionar recetas y en seguida videos que enseñaban a hacer cualquier cosa con la comida. Y como otra de mis aficiones es ver mundo, viajar, en todas partes a las que iba buscaba libros de cocina locales; tengo toda una colección, de Grecia, Italia, Turquía, Marruecos, Asturias, Euskadi, Portugal, Francia, Suiza…

También procuré informarme sobre dietética y alimentación saludable. Yo ya sabía que la dieta mediterránea es de las mejores del mundo y decidí aprender más. Y me hice asíduo de grandes cocineros como Arguiñano, que además es un fantástico pedagogo, como José Andrés, etc.

Y acabé montando talleres de salud y dietética con mi alumnado en el instituto de secundaria en que trabajaba. Les enseñé, por ejemplo, lo que es el anisakis y muchas madres me lo agradecieron.

Claro que también les conté de donde procede la costumbre de usar limón con el pescado y mostaza con la carne; y eso no gustó tanto en general. Pero como profesor de historia yo era consciente de que hay que “enseñar al que no sabe”.

¿Y el pan? Los maravillosos y denostados hidratos de carbono con forma de pan…Eso fue una larga lucha; en principio intenté elaborarlo manualmente de distinto modo; usando levadura sintética y/o de panadería. Un fracaso bastante total.

La segunda etapa fue el descubrir que existían unas máquinas que te hacían ellas el pan; tu solo tenías que meter los ingredientes y ¡Oh, milagro! salía un pan de molde muy rico; además, al echar la mezcla podías añadir unos piñones y unas pasas y/o un poco de miel, por ejemplo y quedaba un Plumkake fantástico.

Y la tercera etapa, en la que estoy ahora, fue abandonar la panificadora y decidirse a hacerlo en serio; claro que con alguna condición; como por ejemplo usar una amasadora para hacer la mezcla; le echas los elementos que debe llevar y ella, con su motorcito, te los mezcla adecuadamente; después solo tienes que amasar como si fuera arcilla ¿Nunca habéis hecho cerámica?- Yo si y tiene la misma consistencia que la masa cruda del pan.

¿Cómo lo hago?

MI RECETA DE ELABORACION DE PAN EN CASA

Primero meto en la amasadora los elementos:

La sal la pongo después de la harina y la levadura al final; no deben tocarse directamente, por eso antes de meter la levadura remuevo un poco la mezcla.

INGREDIENTES:

Harina, nueve vasos.

Sal, dos cucharaditas muy colmadas.

Leche, un vaso.

Aceite, un vaso.

Vino, un vaso; puede ser blanco, tinto, rosado; el color del pan, su miga, variará de tonalidad.

Levadura de panadería, un paquete; los venden en cualquier super, envueltos de dos en dos.

Le damos al botón de arranque de la amasadora y esperamos que esté a punto la pasta, bien mezclada y sin grumos; una vez lista, la saco y la pongo encima de la mesa; y me dedico a amasar la mezcla a mano; voy echándole la harina que pide poco a poco y cada vez es menos pegajosa. Son cinco minutos de amasado.

Al final hago una bola con ella y la meto en el mismo cuenco de la máquina; lo tapo con papel metálico, dejando mucho espacio por encima, para que la masa pueda subir cómodamente; y lo dejo como mínimo dos horas.

Pasado este tiempo meto un vasito lleno de agua en el interior del horno y lo enciendo; yo lo pongo diez minutos al máximo de potencia, calor arriba y abajo y tapo la ventilación por fuera con un trapo de cocina enrrollado. El pan necesita vapor al principio.

Mientras, vuelvo a amasar cinco minutos más; puedo hacer un pan alargado, uno redondo, dos panes o bollos, según el momento. Pero si son bollos el tiempo de cocción es mucho menor, ojo, no más de diez minutos. Al final, antes de meterlo en el horno, lo aplasto un poco con las manos. Yo lo pongo en la rehilla sobre un papel de hornear.

Recordad, antes de meterlo en el horno hay que hacerle también unos cortes como crestas, entre otras cosas para que no se deforme.

Se mete en el horno tal como está, a tope, durante quince minutos, Controlad este tiempo, que sea exacto. Para esto los pequeños relojes de cocina van muy bien; yo tengo uno que compré en San Gimignano en forma de tomate, muy divertido y útil.

Lo siguiente es quitar el trapo, bajar la temperatura a doscientos veinte grados, sacar el vaso del agua y volver a cerrar; ponedlo a veinte minutos. También cuidado con el tiempo, no os paséis ni os quedéis cort@s.

Al deshornar dejad el pan o los panes en la misma rejilla y quitadle el papel de debajo para que pase el aire bien y que se vayan secando y enfriando lentamente.

¡Y ya está!

Yo hace algún tiempo que ya no voy a las panaderías; será por no hacer cola con la dichosa pandemia; pero ese es otro tema del que ya hablaremos, si os parece, otro día.

Si habéis llegado hasta aquí habéis demostrado buena disposición y paciencia; si queréis podéis darle al botón me gusta. Gracias.

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