MIS NOVELAS PUBLICADAS

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LA MUERTE DE GILABERTUS

Después de toda una vida académica realizando y publicando trabajos científicos y de divulgación, he decidido seguir en mi línea de enseñanza, de pedagogía; pero en adelante lo haré mediante el género de la novela histórica, que siempre me gustó pero por cuestión de falta de tiempo nunca lo abordé en serio. Este nuevo modo de trabajar resultará, espero, más ameno para quien me lea. La primera novela que he publicado es esta:

SARCÓFAGO DE GILABERTUS

SANT PERE

“La muerte de Gilabertus

All-focus

Trata de un pequeño pueblo de hace novecientos años: primera mitad del siglo XII. Es un retrato que procura ser fidedigno en todo: el pueblo en sí, la gente que vive en él con sus problemas, sus preocupaciones, sus actividades…

EL DRAGÓN

Y el castillo que se alza junto a esa población, una gran fortaleza en la que ocurren muchas cosas…Lugar de paso obligado, Pons, nuestro pueblo, ve pasar todo tipo de gentes: cátaros, templarios, algún visitante de Bizancio…

Una crítica social de la situación en esa época, la corrupción anquilosada, el derecho de pernada, la Santa Inquisición y la quema de brujas…

EL TORO

Mención merecen igualmente el Camino de Santiago, La Ruta de la Seda, las Cruzadas, Al-Andalus, Bizancio…

Y los problemas de un formidable escultor tolosano que viene a trabajar con su equipo al castillo de Pons.

DOS ESCULTURAS FIRMADAS POR GILABERTUS: ANDREAS Y JACOBUS

“LA MUERTE DE GILABERTUS”

Sentía mucha sed; su boca y garganta estaban secas. Necesitaba urgentemente echar un trago de vino. Poco a poco, con gran dificultad, echó mano a la garrafa y se la llevó a los labios. El oscuro líquido, saliendo a borbotones, se desparramó por su barbilla y le manchó la cara y la pechera. Debido a su debilidad, la jarra se le cayó de las manos y fue a estrellarse contra el suelo con gran estrépito. Rota en mil pedazos quedó, en medio de un gran charco vinoso.
Pero volvamos atrás en el tiempo. Siete días antes.

PALABRAS CLAVE

Gilabertus/ Castillo de Sant Pere/ Al-Andalus/ Templarios/ Camino de Santiago/ Románico

Primera jornada, viernes


El Maestro y sus discípulos estaban alegremente instalados en el castillo de Sant Pere, de pie, delante de la mesa, ante buenos manjares a punto de ser degustados. Unos hambrientos, sudorosos y cansados viajeros contemplaban ese panorama mientras sus pituitarias se animaban y se les hacía la boca agua. Unas hogazas de pan negro invitaban a atacarlas, al igual que unos trozos de carne de oveja y un gran pedazo de queso curado y alguna que otra exquisitez, como manteca ahumada, butifarras y una jarra con leche de cabra, acompañado todo ello con una gran frasca que contenía un vino tinto, oscuro y espeso. La mesa en sí estaba hecha con tablones de madera ensamblados rústicamente y patas de la misma forma. La estancia en realidad no poseía gran mobiliario, aparte de los taburetes colocados alrededor. Presidía el lugar, junto a una de sus paredes, una gran chimenea-hogar con el fuego encendido y un gran caldero colgado sobre él, lleno de un líquido de color variopinto, de difícil descripción, en el que flotaban y hervían ciertos elementos, se supone que alimenticios, de dudoso aspecto y que despedían un olor ciertamente fuerte y para olfatos acostumbrados.

Como cubierto solo había un enorme cuchillo de carnicero. Ni vasos ni platos, las costumbres de la época no iban por ahí. Iluminaba toda la escena un candil colgado con una larga cuerda de la techumbre de ramas y paja seca, ayudado por la luz del hogar. Este ambiente tenía una única comunicación con el exterior, mediante una pequeña puerta. Ninguna ventana había en ella. Junto al fuego había un gato grisáceo que dormitaba con un ojo abierto y un perro flaco con cara triste, también echado al otro lado del hogar. Uno de los alumnos reparó en ellos y les dio un trozo pequeño de carne a cada uno, que no se hicieron de rogar y dieron pronto cuenta de la vianda. Las personas que allí se encontraban eran en número de catorce; una de ellas, el que parecía el jefe, era muy alto para su época, debía medir un metro ochenta por lo menos. El resto eran todos más bajos que él. El primero llevaba la voz cantante, eso se apreciaba a simple vista; y los demás le escuchaban con atención. El Maestro seguía su perorata: ―Una escultura es como una interpretación de la vida hecha piedra; cada golpe de cincel te da una nueva percepción de la realidad. ―¿Y la pintura? ―preguntó uno de los discípulos. ―Eso es otra cosa complementaria; lo importante es la materia que da cuerpo a las formas; la pintura sirve para tapar defectos o para resaltar algún detalle ―contestó el interpelado. Todo el mundo tenía hambre, pero esperaban la indicación de su Maestro para atacar la comida. Este, de unos cuarenta años de edad, no era el más viejo ni el más joven del grupo.


Estaba hablando sin parar, explicando que había recibido un nuevo encargo de un miembro de una rama secundaria de la familia Cabrera para hacer un mausoleo familiar. Cuando paró de hablar y dio la orden, todos se apresuraron a lanzarse sobre la mesa a intentar coger algún trozo de carne, algo de queso y a echar un buen trago. Durante un rato no se oyó más sonido, aparte del crepitar del fuego y el caldo hirviendo, que el del yantar, con sus correspondientes resoplidos, gruñidos, jadeos y el producido por el cuchillo al rasgar un alimento. En eso, se abrió la puerta y entró alguien con más comida. Eran huéspedes bien tratados en el castillo, venían bien recomendados por la alta nobleza del norte de los Pirineos. Se trataba de Gilabertus, el gran escultor tolosano, famoso ya, que venía de vez en cuando a hospedarse con los miembros de su taller en el castell de Sant Pere de Pons. El castillo de Pons se hallaba bajo el poder de los condes de Barcelona; la duquesa Ermessenda, esposa de Ramon Borrell de Barcelona, dejó sus derechos sobre esta fortaleza a su nieto, Ramon Berenguer I de Barcelona, a principios del siglo XII. Naturalmente, en este lugar vivía y residía como amo, dueño o jefe del lugar el conde de Urgell, Ermengol, acólito de Ramon Berenguer, en su nombre y dependiendo de él. En adelante será denominado el Señor o Dominus, o por su nombre de pila, Ermengol. Gilabertus contaba con el mecenazgo nada menos que de Alfons Jordan, el mismísimo conde de Tolosa, marqués

de Provença y duque de Narbona. Este gobernante era un gran impulsor de las artes y protegía a numerosos artistas de su entorno. Y Gilabertus era el favorito, lo que le había convertido en el más conocido de aquel tiempo. Al cabo de un rato se volvió a abrir la puerta y entraron esta vez tres muchachas acompañadas de otras no tan jóvenes, pero no por ello menos juguetonas, al contrario, que rápidamente se unieron al grupo y empezaron a producirse lo que en principio fueron solo simples escarceos y que acabaron practicando el oficio más antiguo sobre la mesa y en el mismo suelo. Los hombres se turnaban y ellas se multiplicaban para darles placer. Nuevamente se abrio la puerta y entró un sirviente llevando una pequeña bandeja con un manjar exquisito: ancas de rana y setas, que ofreció solo al Maestro. Gilabertus, que ya llevaba deglutida una carga importante del precioso líquido, se lanzó prontamente y sin manías a devorar aquel delicioso presente. Poco sabía de las consecuencias de aquel acto. El pueblo que defendía el castillo era Pons, una pequeña población habitada por unas setecientas u ochocientas personas. Territorio de repoblación, con gente llegada de todas partes como colonos. Situada en una ladera sombría para dejar el mejor espacio para su huerta; aparte de tener la protección de la fortificación, convenía dejar las mejores tierras para el cultivo, base de su subsistencia. Como todas las de su clase, se había formado poco a poco a medida que iba llegando gente dispuesta a instalarse y a


utilizar un pedazo de tierra que cultivar, aunque no fuera suyo. La propiedad era del Señor, claro; y este dejaba a los colonos el uso del terreno a cambio de una parte substancial del producto obtenido. Los años de buena cosecha eran bienvenidos, pero los malos representaban hambre y miseria. Las casas, o más bien chozas, las iban construyendo los mismos colonos desde que llegaban. Con el tiempo llegó a tener una muralla. La planta de esta población era típicamente la de la época, eso es, tenía una forma irregular, topográfica y estaba asentada sobre un terreno en pendiente, adaptándose perfectamente al piso natural. Calles estrechas, ensortijadas algunas de ellas y en pendiente casi todas, a excepción de la principal, que era una línea bastante recta en comparación y que tenía una especie de continuidad al otro lado de la plaza Mayor. En un punto de su recorrido se abría una pequeña plaza, la Plaça del Blat, dotada de una fuente que, como su nombre indica, era el sitio donde se pesaba públicamente el grano y se realizaban las operaciones de intercambio del trigo y la cebada principalmente. Había allí unas balanzas y unas medidas, hoy en día desaparecidas. No había ninguna clase de policía que vigilara las calles de noche, por lo que no era recomendable salir una vez puesto el sol. La única vigilancia se refería a las puertas de la muralla de día. La economía local era eminentemente agrícola, aunque existía un molino harinero junto al río, pudiéndose contar como sector secundario. También había dos talleres

de forja, que proveían el utillaje preciso para el montaje de herrajes, para la caballería, etc. Poseía una potente muralla, cosa que indicaba un motivo para ello: la peligrosidad del entorno, lleno de bandas fuera de la ley que operaban sin control por toda la zona y, de vez en cuando, asaltaban pueblos como este y los arrasaban sin piedad, matando a sus hombres y violando a sus mujeres y llevándoselas como esclavas. Era necesario tener una potente defensa para conjurar estos peligros. La fortificación de la villa de Pons, aunque irregular, tenía cuatro puertas de acceso; esta disposición de entradas seguía, aunque de lejos y evolucionada, a la antigua costumbre de las ciudades romanas, que tenían una puerta en cada costado para poder salir rápidamente en caso de urgencia. Una de estas salidas se encontraba junto a la carretera que actualmente cruza el pueblo, enfrente del camino que iba a la huerta y al molino de sangre, movido por animales de tiro. Este molino seguía la tradición del modelo romano de molinos de grano; consistía, por tanto, en una base redonda que se colocaba horizontal sobre el suelo. Esta piedra era generalmente de una sola pieza y tenía un orificio en su centro para la caída del grano molido. Y por encima se le colocaba otra pieza esclava de un eje vertical y provista de un asa larga de madera, movida por un animal; este iba dando vueltas en redondo atado al asa; la piedra de arriba, con su peso, aplastaba y trituraba el grano que iba quedando colocado en la parte de abajo.
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Muchos de estos molinos perduraron en época medieval y posteriormente. Era una entrada diseñada como las demás del pueblo, formando un zigzag estrecho; y estaba además en una fuerte subida, que permitía aun así el paso de un carro, pero era angosta y por lo tanto fácil de defender desde dentro; además, colocando un carromato podía bloquearse rápidamente. Estaba protegida también por dos potentes torres cuadrangulares, actualmente todavía visibles, si bien algo enmascaradas por las casas construidas modernamente sobre ellas. Otra entrada se hallaba al otro extremo de la población, al final de la actual calle Vilanova, también protegida por dos potentes torres que la flanqueaban; de ahí arrancaba el camino que rodeaba por la parte de atrás el montículo donde se alzaba Sant Pere, siguiendo el curso del torrente de Valldans, nombre que actualmente sigue vigente. Una tercera estaba entre las dos primeras, abierta a la Plaça del Blat, igualmente flanqueada por dos torres. Y por último, una cuarta que daba directamente al camino que iba hacia el castillo; estrecha, aunque permitía el paso justo de un carro, sinuosa y defendida por dos torres, como las otras. Se abría en la denominada Plaça del Portal Nou. Su principal calle era la calle Mayor, toda ella porticada y que formaba una pendiente que bajaba hasta la Plaça Major o Plaça Planell según la terminología actual, toda ella porticada también. El uso de porches fue un sistema heredado de la antigüedad hispanorromana y que siempre sirvió como

refugio contra las inclemencias el tiempo, tanto en países fríos como en lugares cálidos; en los primeros, para resguardarse de los frecuentes aguaceros y de las fuertes nevadas, el frío y el viento; y en los segundos, de la lluvia también y sobre todo del fuerte sol. Por ello, encontramos la utilización de distintos porches desde el Báltico hasta el estrecho de Gibraltar, el de Mesina y Creta. Usos parecidos tenemos también en el norte de África, con una tradición que asciende al mundo faraónico en Egipto y al romano desde Libia a Marruecos. Las viviendas de la calle Mayor, en su parte posterior, estaban apoyadas en la muralla que las resguardaba. Actualmente, dichas casas han ido siendo ampliadas a base de derruir la parte superior del lienzo. A lo largo del siglo XIX estas construcciones, que siempre habían tenido su fachada principal en la calle Mayor, construyeron nuevas portadas en la parte inferior, que da al camino substituido actualmente por la carretera; había habido un cambio económico importante; la carretera era fuente de comercio y prosperidad, una vez amortizada la muralla que ya no era necesaria. Ya en el siglo XIX, la mayor parte del espacio porticado tanto de la calle Mayor como de la Plaça Planell había desaparecido, porque los vecinos miraban de ganar espacio habitable, cegando para ello los porches y pudiendo disponer así de más desahogo en su domicilio. Las principales casas estaban, hay que decirlo, en la referida calle Mayor; eran todas ellas bastante estrechas y poco ventiladas, por lo que las humedades que tendrían serían importantes; claro que el concepto actual para lo que se
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denomina salubridad y confort no tiene nada que ver con el de aquella época. En realidad, más que casas la mayoría de ellas eran simples cabañas, con techumbre de paja y barro, con paredes de tapia o de adobe; uno y otro sistema tenían una larga tradición en toda la zona, por lo menos desde época ibérica, entre los siglos V a.C. y I d.C. Normalmente, en la base, sin cimientos, se ponían una o dos hiladas de piedra y, por encima, el barro en el caso de la tapia o las piezas de adobe; si era tapia el barro se aplicaba pastándolo en forma de pegotes; la arcilla se mezclaba antes con paja y pequeñas piedras o arena, es decir, un desgrasante, para darle más consistencia y que no se agrietara tan fácilmente. Las hiladas de piedra de la base servían para evitar una excesiva humedad en las paredes. Los adobes se hacían en unas cajas de madera que se llenaban de barro y se dejaban secar al sol unas semanas; quedaban unas piezas cuadrangulares que iban muy bien para ir subiendo las paredes a base de hiladas regulares de bloques. En la actualidad, aún hay casas en la región hechas de esta manera; el barro resulta un material muy adecuado en el aspecto térmico y en el acústico: no se necesitan con él los materiales que modernamente se emplean para acondicionar los edificios. Las casas construidas con adobes o con tapia son frescas en verano y cálidas en invierno; el único problema que pueden tener es la humedad, que con la tecnología actual se resuelve fácilmente.

Solían ser viviendas de planta y piso. En la parte baja vivían los animales, si la familia que residía allí tenía; y en el primer piso acostumbraba a estar el dormitorio, única estancia. La vida se hacía sobre todo en la planta baja. Todavía a mediados del siglo veinte, muchas casas tenían sus establos para los animales que vivían en ellas. Una lumbre calentaba, iluminaba y servía para cocinar. No había más que la puerta como vano y el humo del fuego salía por entre los materiales del techo y por la puerta; no había chimenea ni letrina. Si la casa era de un artesano, este disponía su taller en la parte baja y desde el dormitorio del primer y único piso podía controlar fácilmente el establecimiento, protegiéndolo de posibles hurtos. Acostumbraban a tener un anuncio específico colgado en la fachada, para atraer a posibles compradores. Pocas viviendas tenían una cerradura como tal. Por la noche atrancaban la puerta con alguna barra o, más bien, un tronco. Las escasas ventanas que podían encontrarse pertenecían casi siempre a las residencias de los más ricos, que incluso podían tener un balcón como elemento de lujo. Hay que pensar que las poblaciones no tenían cloacas y así las aguas fecales eran desechadas directamente a las calles y arrojadas casi siempre desde las ventanas o balcones. Esto hacía que las calles no porticadas tuvieran otro riesgo, aparte de los esperables; y tenemos aquí otra utilidad de los porches. Pero aún hay más: las calles no estaban asfaltadas, ni muchísimo menos la principal, por lo que siempre había en ella o polvo o barro, según la climatología. Transitando por debajo
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de los porches se evitaban las salpicaduras producidas por los caballos, las mulas y los carricoches. Algunas callejuelas perpendiculares a la calle Mayor, por su fuerte pendiente, eran pavimentadas con cantos rodados, para que las caballerías no resbalaran cuando llovía. En la zona era tradicional hacer pavimentos e incluso algunas fachadas recubiertas con cantos rodados; esto se ha ido perdiendo a lo largo del siglo XX. Los carruajes iban tirados por caballos y estos iban haciendo sus necesidades sobre la marcha, claro está. Por suerte, las heces duraban poco in situ, porque rápidamente había gente que las recogía y las llevaba a su casa para encender el fuego y la estufa, pero bajo el porche solo podría pasar un caballo con un jinete arriesgado. Y pese a ello, tanto Pons como cualquier población de aquel tiempo despedía en el aire un cierto olor, mezcla variopinta de defecaciones de distintos animales y humanas, de cuero, de hierro candente, de comida semipodrida, de humo y de otras cosas más, difíciles de definir. La escasa ventilación, debida al irregular trazado de sus calles, no permitía que estas quedaran limpias de pestilencias. Para atravesar la calle, en algunos puntos había unos poyos de piedra que permitían hacerlo dando unas zancadas, sin pisar el barro. Los peatones debían tener cuidado, porque la educación de los conductores brillaba por su ausencia y no respetaban nada; de ese modo, eran frecuentes los atropellos innecesarios. Esto en el mundo grecorromano era consuetudinario, al igual que el agua corriente para bebida

y aseo en las casas más ricas y las cloacas para las aguas sucias. En las atarjeas de Roma, la Cloaca Maxima, por ejemplo, puede entrar un camión de gran tonelaje sin problemas de espacio. Recordemos que, en el París de los años sesenta del siglo XX, todavía gran parte de las aguas sucias corría en superficie junto a las aceras y, por consiguiente, para cruzar la calle había que dar una zancada para no pisar esa corriente de agua. Las tejas eran un lujo desconocido por muchos. Algunas viviendas tenían, no obstante, teja árabe que, como su nombre indica, fue adoptada por el mundo islámico de la península; tiene un perfil curvo y se ha mantenido hasta la actualidad. Anteriormente, en el mundo romano, se utilizaba otra clase de cubierta de distinto diseño, la tegula, una teja de cerámica plana, rectangular, muy gruesa, y se combinaba con la curva, el ímbrice o imbrex. Y muestra de que el sistema romano es mejor, en el siglo XX se puso de moda una copia del sistema de cubrición romano, solo que con unas tejas más finas, de menor peso. De esta manera, el sistema medieval ha quedado como un residuo; casi todas las construcciones modernas utilizan la manera romana y no la medieval de techumbre; solo en zonas deprimidas económicamente o algún nostálgico emplea los ímbrices. Era ya casi de noche. Uno de los monjes, el de más edad, fray Gerundio, había realizado no uno, sino dos viajes a Santiago de joven, y tenía muy buena memoria; todos estaban deseosos de que les contara cosas de esas experiencias, incluso
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el abad, que era un hombre curioso. Y dijo el abad: ―Fray Gerundio, ¿por qué no nos cuentas cosas de tus viajes? Era la pregunta que el aludido estaba esperando hacía muchos días y, venida de la jefatura, aún más. Contestó en seguida: ―Lo haré con mucho gusto cuando queráis. Y el abad replicó: ―Pues no se hable más. Si te parece, podemos dedicar un ratillo que tengamos libre cada día y nos vas explicando cosas tranquilamente; incluso podemos empezar ahora mismo si te va bien, aprovechando que estamos aquí dentro y solos. Y se dispusieron a escuchar lo que tenía que decirles el fraile viajero. Y empezó el abad, como jefe en el escalafón del grupo: ―Bien, fray Gerundio, cuando quieras. El interfecto no se hizo de rogar; de hecho, estaba deseando contar todo lo que bullía en su cabeza, con las experiencias que vivió en sus viajes a la ciudad del Apóstol: ―Para empezar, os diré que es un camino muy, muy largo y que es muy, muy peligroso. E hizo una pausa; todos esperaban que siguiera, pero él permaneció callado unos segundos, para ver la impresión que causaba. ―¿No sigues? ―Sí, continúo. Veréis, es que los recuerdos se me amontonan en la cabeza y debo poner un poco de orden para que lo entendáis todo bien y, en realidad, no sé por dónde empezar. ―¿Por el principio? ―dijo fray Bartolomé, que era un guasón.

―Sí, lo haré desde el principio. Salimos de Barcelona un grupo de novicios, acompañando a monseñor el obispo de Tarragona. Entre las numerosas paradas que hicimos, una fue en el Puente la Reina, que es jalón básico en la confluencia de caminos que van a Santiago, una población originada junto al puente del río Arga. Tiene, como su nombre indica, un puente muy grande y potente que se construyó bajo las órdenes de Doña Sancha Mayor, la esposa de Sancho Mayor, hace unos años, en el siglo pasado; tiene unos grandes espigones que refuerzan los apoyos por ambos lados. Y es paso obligado para no tener que vadear el río. Todo en piedra, impresiona por su aspecto y da una gran sensación de seguridad cuando te encuentras subido en él. »En esta población, es muy curiosa también y digna de ver la iglesia del Crucifijo, un viejo templo que hicieron los templarios. Uno de los pocos edificios así de Occidente, según nos explicó el Obispo, que nos lo enseñó; además tiene ocho lados y es de planta central, no es alargado como los otros. Imaginaos que la torre de Sant Pere estuviera sola en mitad del monte, sin iglesia debajo, y que fuera mucho más grande todavía, más ancha, y que tuviera todo un porche a su alrededor. Es majestuosa, sobrecoge nada más mirarla. ―Y siguió―: Pues bien, en este pueblo se unen varios caminos y en adelante se convierten en una misma vía. Además, para pasar por un puente como este siempre había que pagar, pero la afluencia de peregrinos era tan grande que finalmente decidieron que ellos pagaran solo un precio nominal, asequible
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a muchos; y quienes aun así no podían permitírselo cruzaban el río a pie; alguno se ahogaba de vez en cuando, porque en época de aguas altas el río lleva mucha fuerza y caudal. Y dijo el abad: ―Muy interesante, pero señores, debemos cantar las vísperas antes de acostarnos; mañana, si Dios lo quiere, podemos seguir. Obedientemente todos se dispusieron para el rezo vespertino cotidiano, que se hacía en latín, claro, la lengua oficial de la Santa Sede. Todos:
―Salve, Regina, Mater misericordiae. Vita, dulcedo et spes nostra, salve…
―Dios te salve, Reina y Madre de misericordia. Vida, dulzura y esperanza nuestra, Dios te salve…
Los habitantes del pueblo tenían, en realidad, pocos momentos de recreo, de diversión; su jornada iba de sol a sol o más aún; mal alimentados, por las noches solían reunirse algunos cuantos junto a un fuego y se dedicaban a calentarse un poco, si era invierno, y a explicarse historias y cuentos de aparecidos, de ánimas en pena, de monstruos, de dragones y todo tipo de narraciones de terror. Era una gente muy supersticiosa que creía en todo tipo de fantasmas, apariciones y conjuros maléficos y benéficos de brujas y hadas, de muertos vivientes, de lo que daba mala o buena suerte; era una gente muy poco instruida.

Si había alguien forastero o que había regresado de un viaje, por ejemplo, recién llegado de Tàrrega, a cuarenta kilómetros, contaba a los demás los relatos y habladurías que le habían relatado allí en alguna taberna o en la posada. Y así pasaban el rato hasta el momento de acostarse en el jergón o directamente en el suelo a dormir. Por ejemplo, esa tarde, en la bodega, que era uno de los puntos de reunión del pueblo, había un grupo de hombres charlando animadamente; uno de ellos acababa de llegar con su carro trayendo pescado para los nobles y, entre trago y trago, explicaba cosas que había visto: ―Pues en Montblanc, que es una ciudad más grande que Pons, vi un hombre con dos cabezas que tragaba fuego por la boca y lo expulsaba por la nariz. Otro de los presentes dijo: ―Anda ya, tú; eso no te lo crees ni tú; debías de estar borracho como siempre. Y el cuentista respondió enfadado: ―Yo nunca miento, eso lo he visto con estos ojos, de verdad. El otro se rio abriendo la bocaza y sacó un puñal de la faja y lo clavó en la tarima de madera: ―¿Ves este cuchillo? Es de verdad, es auténtico; yo lo veo con mis ojos, ja, ja, ja. El arriero levantó su tranca y le propinó al otro un bastonazo tan fuerte en la cabeza que cayó al suelo sin sentido; los otros retrocedieron, por si salpicaba. ―Y que nadie se atreva a decirme que miento, o lo mato. La gente se retiró pronto, aludiendo que tenían trabajo y estaban ya cansados. Era así; los arrieros, acostumbrados
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al sufrimiento, debían ser muy fuertes para poder aguantar la dureza del camino en sus viajes y, además, valientes para defenderse de los frecuentes ataques de los ladrones. Este, concretamente, se hallaba siempre a la defensiva y cualquier mínima provocación se la tomaba como un ataque en serio y respondía con contundencia, sin ningún miramiento. Esa noche, después de una larga y agotadora jornada llevando leña al castillo en el carro, Joan se echó junto al fuego, uniéndose al grupo que estaba instalado a la luz y el calor de la lumbre. Joan era un hombretón de unos treinta años, alto y fuerte; iba vestido con una especie de pantalones de pana y una camisa de algo que, en alguna ocasión, parece que fue de lino. Uno de los presentes era una persona mayor y estaba contando algo cuando llegó Joan; al venir el nuevo, el que estaba hablando calló y uno de ellos, Michael, le dijo que siguiera, que no interrumpiera su relato, que era muy emocionante. El viejo le respondió: ―Tranquilo, que ya sigo; cada cosa a su tiempo. Otro de los reunidos añadió: ―¡Pero debes seguir! ―Bueno, bueno, calmaos, seguiré. ¿Por dónde iba? ―La bruja ―dijo otro, llamado Zacharias. ―¡Ah, sí, ya! Bueno, pues veréis, resulta que, antes de que nadie pudiera reaccionar, cogió un cuchillo y lo transformó en un pan, que se dedicó a repartir entre la multitud. Era un buen pan, blanco, como no lo habían visto nunca. ―¿Blanco? Eso no puede ser, eso no existe ―dijo Zacharias, y añadió―: El pan no es blanco.

―Es un cuento, hombre ―replicó Eric, y siguió―: Todos exclamaron muy asombrados, hasta que una vieja arrugada y con un palo muy largo le dio un golpe con él a la bruja y, por arte de magia, el pan que quedaba se convirtió en sapos que saltaban por todas partes. La gente, ante esto, huyó despavorida hacia todos lados, quitándose los bichos de encima, que se empeñaban en seguirlos dando grandes saltos y escupiendo. Aquí se interrumpió, dejando a todos boquiabiertos. ―¿Por qué no sigues? ―preguntó Joan. ―Porque no hay más, ya se ha acabado ―contestó Eric, que así se llamaba el viejo. ―Venga, Eric, cuenta otra historia, anda ―dijo Zacharias. ―No sé, no sé, deja que me aclare la garganta y veremos ―dijo esto cogiendo la frasca del vino y bebiendo directamente de ella un generoso trago. A continuación dijo: ―¿Queréis uno de dragones? Pero será el último, ¿de acuerdo? Que mañana madrugo, para variar. Michaelis dijo: ―Venga ya, viejo, tú ya no madrugas nunca, estás demasiado viejo para eso y además te han enchufado en el castillo. Eric le respondió: ―¿Enchufado dices? Tú no sabes lo que hablas, majadero. A tus años yo trabajaba dieciocho horas cada día, sin rechistar, o sea que no me vengas a mí con cuentos, que no te creeré. ―Bueno, bueno, no te enfades, solo era una broma. Venga, cuéntanos el del dragón.
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―De acuerdo, lo haré. Pues resulta que érase una vez un castillo maldito porque su dueño estaba poseído por el diablo. ―¡Ohhh! ―exclamó un chaval que no tendría más de trece años. ―¡Calla, puñeta, no interrumpas, Pete! Y Eric prosiguió su relato: ―Pues resulta que, como el dueño estaba ya viejo y cada día le costaba más levantarse, decidió que tenía que hacer algo; no podía ser que le dolieran tanto los huesos y se puso a maldecir al Cielo: «Dios tiene la culpa de que me encuentre así, maldición. Ojalá tuviera la oportunidad de librarme de él». Aquí todos los presentes estaban totalmente atentos a las palabras del narrador. Estaban subyugados porque Eric tenía un don especial; hay gente que lo posee y Eric era una de esas personas que tienen un fácil don de la palabra; de joven se llevaba siempre al huerto a las doncellas más hermosas y placenteras que encontraba. Todos los gañanes se morían de envidia porque cuando aparecía él en cualquier lugar, todas las mujeres se fijaban en él; sin ser guapo ni atractivo, cuando empezaba a hablar con su voz rotunda y grave, con su don de gentes y su buen pronunciar las palabras, modulando perfectamente, subyugaba sobre todo a las féminas. No por eso los otros hombres lo odiaban, todo lo contrario, les caía bien siempre; una palabra, un gesto amable por su parte, le ganaba la confianza de los demás; con su manera de hablar, superaría a muchos

actores, locutores, presentadores o predicadores actuales. Era algo genético, porque evidentemente jamás había pisado algo parecido a una escuela. No era una de esas pocas personas de su época que habían tenido la inmensa suerte de poder recibir instrucción alguna. Eso quedaba reservado para las clases pudientes, adineradas y poderosas; y eso que en la mayor parte de los casos se despreciaba el tema de la instrucción académica, por considerarlo como poco, cosa de afeminados. Recordemos que solo aprendían a leer y a escribir algunas personas, pocas, que formaban parte del clero o de la nobleza; entre la clase de los comerciantes, alguno también recibía esta formación. Pero en conjunto era una clase minoritaria de gente que, por otra parte, siempre eran mal considerados por el común y un poco apartados de la sociedad. En aquel tiempo lo que imperaba entre los ricos era el ocio, distrayéndose con placeres como el sexo, la caza y la guerra. Todo lo otro se consideraba innecesario e inútil. Pero alguien había de llevar las cuentas de las haciendas; y para eso estaban los frailes, o al menos algunos de ellos, que a menudo se encargaban de llevar la administración de las casas señoriales. Y siguió el relato: ―Entonces, se le apareció un dragón echando fuego por las fauces que, ante la cara de susto que puso el rey, se convirtió mágicamente en un hombre vestido con una larga capa, con coraza negra, luciendo un casco negro también y armado con una espada que blandió sobre la
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cabeza del rey, que se hallaba acostado en su lujosa cama, adornada con un gran dosel forrado con ricos tapices traídos del lejano Oriente. ―Y continuó―: El monarca palideció y quiso llamar a la guardia, pero el individuo le puso la punta de su espada en el cuello y le dijo: «Tranquilo, rey, no he venido aquí para matarte, aún no ha llegado tu hora; vengo a proponerte un trato. Escucha y verás». El aludido se calmó, viendo que no iba a morir de momento, y se dispuso a escuchar lo que tenía que decirle el espadachín. Y aquí se acaba la primera parte; seguirá mañana, Dios mediante. ―¡No, no, sigue, sigue! ―¡Que siga, que siga! ―exclamaron casi todos como un solo hombre. ―No, tenemos que descansar y ya es muy tarde, los ojos se me cierran de puro sueño y cansancio. Mañana seguiremos. Y Aalis, la compañera de Eric, que hasta entonces había estado callada, dijo: ―Dejadle descansar; por hoy ya está bien. Refunfuñando más o menos, todos decidieron que sí, que ya era hora de dormir. Se echaron por allí mismo repartidos por el suelo y bastante juntos para darse calor, sobre la paja esparcida por toda la estancia. El fuego crepitaba e iluminaba el lugar, con sus luces cambiantes y animadas. En estas poblaciones, las puertas de las murallas estaban siempre custodiadas por una guardia, un retén municipal. No podía entrar nadie que no llevara algo para vender, cosecha o

un oficio con el que comerciar. Los vagabundos y pobres en general no eran bienvenidos; normalmente se les impedía el paso. De noche se cerraban las puertas, de dos hojas y en madera de roble casi siempre; poseían fuertes herrajes y sistemas para atrancarlas fácilmente. Las cuatro que había eran de carro, con anchura suficiente para el paso de transportes de bulto. Nuestro castillo estaba situado en una zona estratégica, un importante nudo de comunicaciones, con el Segre, el Llobregòs y el Rialp cerca del pueblo de Pons. Con una altitud muy adecuada para obtener unas buenas cosechas, poco más de trescientos metros, y con una tierra de primera calidad en una amplia huerta bien regada. Frente a Pons se cruzaban las antiguas vías que comunicaban el Pirineo con la costa, ya sea a la altura de Barcino o la de Tarraco. Y también la ruta que llevaba hacia Lleida y desde allí al Sistema Ibérico, a la antigua ciudad de Caesaraugusta. Caminos que seguían los cursos de los ríos, continuando una costumbre ancestral. Ya en época romana sus magníficas calzadas, construidas con dos capas de cimentación, el rudus y el nucleus, y cubiertas por un buen enlosado, eran unas espléndidas vías de comunicación; y, como tantas cosas, en el Medioevo se había perdido el conocimiento técnico necesario para mantenerlas cuando se iban degradando por el uso y el tiempo. En nuestros días han quedado bastantes restos esparcidos por la geografía de tres continentes; hay que decir que la moderna red de carreteras europeas construida a finales del
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siglo XIX y principios del XX siguió en su trazado el de estas carreteras de época romana. Esto solo fue superado décadas después por las autopistas, que ya no eran topográficas. Delante de Pons pasaba la vía que iba desde Barcelona (Barcino), pasando por Guissona, la Iesso romana, hasta Isona, la antigua Aesso, buscando el Pirineo; también la que venía de Lleida, la Iltirda ibérica e Ilerda romana, que enlazaba con la anterior y con la que alcanzaba las montañas de la zona habitada en época ibérica por los andosinos, la actual Andorra. Pasaba esta, por tanto, por la ciudad de Urgell, donde residía el Obispo, señor de esta ciudad, en su palacio de Castellciutat; era una importante villa para el comercio, que en este tiempo se hallaba en expansión. Para hacernos una idea de cómo era el ambiente que se respiraba en una población como Pons, debemos dar una rápida mirada al mundo medieval en general. Para hacer esto, tenemos que adentrarnos en ese medio y en su simbolismo religioso. En la época románica, siglos XI y XII principalmente, todo lo que se pintaba, se esculpía o se escribía en el medio eclesiástico tenía su finalidad; siempre tenía un significado, que nunca era casual. Como lo que se pretendía era explicar de alguna manera el mensaje de las Sagradas Escrituras, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, para hacerlo se recurría a unas imágenes bastante sencillas, pero también muy realistas a su vez. Hay que tener en cuenta el público al que iba dirigida la prédica: ignorante, analfabeto, por eso se hacían auténticas

representaciones descriptivo-narrativas que ayudaran a entender el mensaje que se quería transmitir; era como un antecedente de los cómics actuales; pero esto además no lo inventaron ellos, sino que responde a una larga tradición desde la época antigua mesopotámica. Siempre con figuras de animales imaginarios, que venían a representar todos los miedos, las ambiciones, los deseos, los defectos y las virtudes humanas; el bien y el mal, ángeles y demonios, pecados y pecadores. Seres literarios creados por aquellos que dirigían aquella sociedad estamental medieval. Esto se puede observar, por ejemplo, en el sarcófago de Gilabertus. El cristianismo, como todas las religiones, arrancó a partir de unas bases preexistentes, para ir modelando su esquema de funcionamiento. Y tomó del pasado unas formas y unos símbolos, adaptando sus significados primitivos a su propia concepción vital. Esto implicaba una forzosa adaptación al marco y el esquematismo geométrico; la obligada dependencia de las representaciones humanas al espacio del edificio, con una finalidad única: divulgar las ideas de las Sagradas Escrituras. Las formas y las proporciones se ajustaban a un orden geométrico racional, un orden emanado de Dios, nada parecido realmente al verdadero aspecto de las personas. La escultura románica se creó dirigida a la mente del observador, a través de unos determinados símbolos. Figuras hechas siguiendo unos estereotipos lineales geométricos, reducibles a círculos, cuadrados, triángulos o cruces, que se tenían que adaptar, como se ha dicho, a los espacios
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arquitectónicos donde eran esculpidas. Con unas deformaciones a menudo antinaturales, hechas con un espíritu irreal que no quería reproducir la realidad tal como es, sino de una manera que podríamos denominar abstracta. ¿Abstracción en el siglo XII? Pues sí, pura abstracción románica. Unos animales inexistentes, unas personas con unas proporciones deformes, convencionales, con unos ojos enormes y muy abiertos, al estilo del Bajo Imperio romano; unos paisajes sin perspectiva real y unas proporciones desiguales por lo que respecta al tamaño de los diferentes personajes representados, como se hacía por ejemplo en culturas protohistóricas como Sumer, con los gigantescos pathessi, o en Egipto, con sus enormes faraones, que empequeñecían a sus súbditos en sus representaciones escultóricas o pintadas. ¿Cuál era la intención? Divulgar pero con un mensaje suficientemente secreto como para que hiciera falta una interpretación por parte del clero del trasfondo de la temática religiosa correspondiente. Era parte del papel imprescindible de la Iglesia, según la concepción social de la época. Pero, realmente, la escultura románica tenía una intención claramente evangelizadora, exaltando las principales virtudes cristianas como el valor del sacrificio, el triunfo del Bien sobre el Mal, el desprecio de los vicios y la admiración por las buenas obras; todo ello recordaba al individuo su día a día cotidiano, pese a su carácter teocéntrico sublimado. Cada deformación, cada inexactitud en las proporciones (cabezas demasiado grandes para esos cuerpos o alargamientos

excesivos de la figura, o manos muy grandes), todo eran trucos de imagen para conducir al fiel hacia el mensaje divino. Cada personaje se representaba con sus atributos específicos que permitían su identificación en el cosmos cristiano. También el estatismo, la escasa movilidad de muchas imágenes, como los santos, realizadas en posturas reposadas, contribuía a dotarlas de un aura mágica. En cambio, otras denotaban una gran fuerza dinámica, como las escenas demoníacas, con monstruos que devoraban hombres. Las figuras de santos colocadas en portadas acostumbraban a tener poca o nula comunicación entre sí; esto cambió en el estilo gótico, en el que siempre se relacionaban mutuamente. Todo lo dicho sobre la escultura es válido para la pintura; la única diferencia era la técnica, pero los cartones, los esquemas y los modelos eran los mismos. Se pintaba al fresco en las paredes interiores y elementos como los baldaquinos o las efigies de santos o de la Virgen con el niño. Para los europeos del siglo XII, su existencia era una serie de sufrimientos, trabajos duros, opresión y sumisión total a unos amos, con muchas penas y pocas alegrías; y además con una esperanza de vida muy breve, de entre cuarenta y sesenta años. La mortalidad era alta y los que llegaban a adultos lo hacían a menudo con una serie de problemas físicos y mentales. La cultura, los estudios, solo podían llegar a unos cuantos privilegiados de familias pudientes; y claro, los gobernantes ya se cuidaban de mantener esta situación para
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sacar provecho de ella. No nos extenderemos aquí sobre estos aspectos para no huir de la cuestión que nos ocupa. Solo una pincelada al tema de la mujer. En aquel tiempo la fémina estaba relegada a una subordinación total al hombre. Toda la liturgia sacra iba por aquí, demostrando reiteradamente en sus manifestaciones una especie de rechazo enfermizo hacia la mujer. Puede verse, por ejemplo, el tratamiento que dan los monumentos cristianos a lo largo de su historia a la figura de la mujer, que suele asociarse con Satanás; ella es siempre la pecadora, mientras que el hombre es inducido, muy a su pesar, al pecado. No hay más que observar cualquier representación en pintura o en escultura del pecado original; siempre se ve cómo es la mujer, Eva, compinchada con Lucifer, la que acepta el regalo de la serpiente, mientras que Adán está sobrecogido y escandalizado por el horror. Según el abad de Cluny, el gran monasterio que da comienzo al arte románico, Odon, importante personaje del momento, la mujer es un ser nauseabundo; esto lo dejó escrito: «La belleza física no va más allá de la piel. Si los hombres vieran lo que hay bajo la piel, la visión de las mujeres les causaría náuseas… Y si no podemos tocar con la punta de los dedos un escupitajo o el estiércol, ¿cómo podemos desear abrazar aquel saco de excrementos?». Y San Juan Crisóstomo calificó a la mujer de «mal necesario», «tentación natural» y «peligro doméstico». Y el

considerado gran filósofo cristiano Santo Tomás de Aquino, en su Summa Theologica, dejó escrito: «El hombre es el principal fin de la mujer, como Dios es el principio y el fin de toda creación». Sin comentarios. Todo ello es muestra de unas mentes misóginas, que consideraban a la mujer como el origen de casi todos los pecados del mundo. Y que proclamaron a la Virgen como la «antimujer», la mujer diferente, especial que, con su virginidad y siendo madre de la divinidad, podía actuar de intermediaria entre Dios y el hombre. Sería ella la salvadora que libraría a los hombres de la justa ira de Dios. Las representaciones de la Virgen entronizada solían llevar al niño Jesús en el regazo, con la particularidad de que este parecía un hombre adulto más que un niño; además, entre ambos no existía relación alguna, no se miraban; esto cambiaría en el mundo gótico, en el que siempre aparecerían ambos en acción de comunicarse. La talla del altar de Pons era un claro ejemplo de esto; recubierta de yeso y policromada, era obra de un escultor más bien modesto, de no gran calidad. En realidad, daba un poco de miedo con su cara de pocos amigos; por suerte, era de pequeño tamaño. El que sí aterrorizaba de verdad era el Dios pintado en la pared, detrás del altar. Lo veían como un gigante mágico, peligroso, duro, violento, feroz y siempre enfadado. Llevaba pintada una inscripción: «Ego sum lux mundis»; el mossèn les explicó en un sermón de domingo que eso quería decir «Yo soy la luz del mundo». Muchos lo
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interpretaron como si significara que era como una antorcha, una tea ardiente. Y les dio aún más miedo. También en muchas iglesias, en vez del pantocrátor, como el que había en Pons, se ponía a la Virgen entronizada como Mater Salvatora, Maiestas Dominae, Kiriotissa, Theotokos, Maiestas Mariae, según las distintas versiones localmente asignadas. Un torrente, el de Valldans, circulaba junto al pueblo e iba a desembocar al Segre, atravesando la huerta; el gran Segre, el Sícoris de los romanos o, mejor dicho, de los ilergetas, la tribu ibérica del lugar; afluente del Ebro y a su vez con dos importantes afluentes, el Noguera Pallaressa y el Noguera Ribagorzana; llevaba siempre un caudal importante por ser de régimen nival-pluvial. El Segre fue un camino importante de comunicación entre pueblos, ya en el Paleolítico. Numerosos yacimientos arqueológicos hallados a lo largo de su curso lo demuestran. Porque donde hay agua abundante hay instalaciones humanas desde siempre. Frente a la huerta de Pons y al otro lado del río, donde se juntan el Llobregòs y el Segre, en la Roca del Call, existió un poblado de la Edad del Hierro, Hallstáttico, fechable entre los siglos VII y V a. C. Este río era además una gran fuente de alimento con su fauna piscícola: truchas, madrillas, barbos, cangrejos; la ausencia de contaminación mantenía una fauna amplia y de calidad, no como actualmente. La dieta de sus pobladores, por tanto, incluía una dosis importante de

pescado. No hacía ninguna falta ir hasta el mar a buscarlo; no era ni cómodo ni rentable. Hablando de esto, solo las familias más destacadas podían comer pescado de mar en Pons ; un alimento que llegaba en carreta o en mula desde la zona costera de la antigua Tarraco, la ciudad más importante que tenían los romanos en la península. Imaginemos el camino, de trazado sinuoso como todos, pasando por Poblet, por Montblanc, por Tàrrega, Targa, para llegar finalmente a esta población. No disponiendo de mejores sistemas de refrigeración y conservación, lo transportaban entre capas de paja y sal, para impedir su putrefacción. No obstante, esto no bastaba, de modo que, cuando llegaba a la mesa del señor del castillo o del munícipe, alcalde o batlle del pueblo, se hallaba en avanzado estado de descomposición. Los más humildes comían buen pescado que podían coger fácilmente del río, mientras que los señores… Por eso se puso de moda el uso de alguna especia o de algún cítrico como el limón; su fuerte acidez disimulaba en parte el mal olor y sabor de ese pescado «de lujo». Y ese es el origen de la costumbre que tiene mucha gente de ponerle limón o lima, según el país, al pescado. Como es sabido, este, cuando está fresco y sano, no huele prácticamente más que a mar. Pero eso hay quien no lo sabe, como aquellos caballeros medievales. Y siguiendo con el tema alimenticio, hay que destacar que, igualmente, la carne a menudo se comía en cierto estado de descomposición; es lo que en Francia dio en llamarse
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«cámara», cosa que, según muchos expertos gastrónomos actuales, da unas características especiales de textura y gusto a ese alimento. Pues bien, también para disimular el mal sabor que podía tener se ideó el uso de la mostaza, que en ocasiones había que traer de lugares lejanos, con el correspondiente coste elevado de su transporte y comercialización. Igual que ocurre con el limón y el pescado, mucha gente hoy en día no puede comer carne sin ponerle mostaza. Por el Segre se bajaba la madera cortada en los densos bosques de río arriba en los rais, balsas hechas con los mismos maderos y conducidas por los llamados raiers, que llevaban con sus pértigas ese material, con riesgo de sus vidas, en ocasiones hasta la costa. Al no existir ningún tipo de obstáculo en el cauce fluvial, como los pantanos actuales, solo los rápidos de algún trecho, como los de Collegats, podían hacer zozobrar esas precarias embarcaciones. Muchos raiers perdieron en ellos la vida. En el siglo veinte se puso de moda un nuevo estilo de deporte de riesgo, basado en copiar el sistema de navegación de estos leñadores-transportistas medievales, y ello es una fuente económica para zonas como la Pobla de Segur, Tremp o Sort.

FIN DEL PRIMER CAPÍTULO

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En estos momentos se encuentra en prensa mi segunda novela, de cuyo nombre no quiero acordarme. Summarii secretum !

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